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Por Geovanny Rojas Mosquera

 

Un pueblo que olvida fortalecer sus vínculos sagrados con la cultura es un pueblo que camina a tientas en la penumbra. La cultura no es un accesorio; es la memoria vibrante de nuestros ancestros y el lenguaje elocuente de nuestras manos. Sin este lazo vital, cualquier promesa de futuro es frágil: Pitalito hoy intenta levantar un edificio sobre cimientos de arena, carente del hierro y el cemento que solo la identidad puede brindar.

​Nuestra ciudad no logra divisar el faro, no por falta de luz, sino porque nos falta la energía colectiva para encenderlo. Sin embargo, la multiculturalidad, las artes integradas y la educación deben ser el epicentro de nuestra geografía emocional; solo así el crecimiento humano será sostenible. La fuerza para iluminar nuestro sendero reside en la capacidad de transformar, con audacia, nuestro pensamiento y el entorno que habitamos.

​En este escenario, la labor de Pitalito Ciudad Museo emerge como el pulso que activa nuestra luz interna. Este proyecto no se limita a embellecer el terruño; traza una ruta de compromiso social, revelando al mundo un universo creativo y paisajístico que se mantiene firme incluso ante los desafíos más complejos.

​Nuestra meta superior es el reconocimiento internacional de Pitalito por su alma creativa. Ese es el faro que guía nuestras acciones: una vitrina global capaz de traducir el arte en bienestar, empleo y dignidad colectiva. Al integrar el arte en el espacio público con esculturas nacidas del corazón laboyano y lienzos urbanos que narran nuestra historia convertimos las calles en una escuela de pensamiento transformador. Aquí, niños, jóvenes y adultos se equipan con la sensibilidad necesaria para conquistar metas comunes en tiempos de cambio.

​Invertir en el talento y la cultura es, en esencia, invertir en la vida misma. Pitalito Ciudad Museo es la prueba irrefutable de que cuando la sociedad civil se une, la energía fluye y el faro finalmente resplandece. Gracias a este primer gran paso, hoy somos una galería a cielo abierto, única en Colombia, que logra elevarse por encima de las sombras y caracterizaciones negativas que a veces empañan nuestros días.

​Somos potencia artística en el contexto nacional, un motor vibrante para construir nuevas realidades. Es doloroso que esta visión sea ignorada por una dirigencia que, a menudo, se trepa al árbol de lo público solo hasta agotar su savia. Por eso, la pregunta sigue latiendo en el aire: Pitalito, ¿para dónde va? El camino está trazado en cada mural y en cada escultura; solo falta que el liderazgo esté a la altura de su gente.