Por Sergio Trujillo Perdomo
Hoy el Huila está de luto. Hoy Colombia entera debería estarlo.
Un niño huilense, de apenas 11 años, perdió la vida en un atentado criminal que jamás debió ocurrir. Un niño inocente, ajeno a cualquier conflicto, ajeno a cualquier disputa, ajeno a la violencia absurda que hoy vuelve a sacudirnos como sociedad. Nada, absolutamente nada, justifica que una bala silencie la vida de un menor.
Este hecho nos duele. Nos debe doler como padres, como madres, como hijos, como seres humanos…Nos debe doler en lo más profundo del alma.
Y aquí quiero ser claro: no podemos normalizar la violencia, y mucho menos cuando las víctimas son niños y niñas que no tienen ninguna responsabilidad en este conflicto que por décadas nos ha desangrado como país. Normalizar la violencia es aceptar lo inaceptable. Es resignarnos al horror. Es permitir que lo impensable se vuelva rutina.
Las dificultades de orden público que hoy vivimos no son exclusivas del Huila ni responsabilidad de un solo gobierno. Son el reflejo de un problema nacional que arrastramos desde hace más de seis décadas. Pero que sea un problema histórico no lo hace menos grave, ni mucho menos justificable.
Lo más preocupante no es solo el crimen en sí. Lo más alarmante es que, poco a poco, pareciera que nos estamos acostumbrando.
Si un hecho como este hubiera ocurrido en un país donde la violencia no ha sido parte del paisaje cotidiano, el pueblo entero habría salido a las calles a rechazarlo, a exigir justicia, a decir “¡basta ya!”. Aquí, en cambio, corremos el riesgo de pasar la página demasiado rápido. Y eso, tristemente, es una de las enfermedades más temibles del alma: la indiferencia.
Hoy quiero expresar mi solidaridad sincera con los padres, familiares y amigos de este niño. Ninguna palabra, ningún gesto, podrá llenar el vacío inmenso que deja su ausencia. También me solidarizo con el subdirector herido y con todos quienes han sido golpeados por este acto de barbarie. No están solos.
Más allá de los llamados institucionales -porque las autoridades saben qué hacer y tienen el deber de hacerlo-, el llamado es a nosotros, a cada ciudadano huilense. A despertar como sociedad. A no permitir que la violencia se vuelva paisaje. A entender que cada muerte, cada herido, cada familia destruida nos debe doler profundamente a todos.
A los padres de este niño, como padre les digo: nada ni nadie podrá reemplazar a su hijo. Pero también estoy convencido de que, en honor a su memoria, debemos unirnos como sociedad para trabajar, sin descanso, por la paz de nuestro territorio y de nuestro país.
No normalicemos la violencia. No le fallemos a nuestros niños.