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Wilfred Trujillo Trujillo
Diputado Asamblea del Huila

El sismo que sacudió a Colombia nos recordó, en cuestión de segundos, que hay cosas que pueden derrumbarse, pero también que existen fuerzas capaces de levantarnos. La tierra tembló, las paredes se estremecieron y el miedo recorrió calles, hogares y municipios. Durante unos instantes, todos fuimos iguales frente a la incertidumbre. No importaron las diferencias políticas, económicas, sociales o regionales; no importó de qué ciudad veníamos, qué pensábamos o a quién apoyábamos. Ante la tragedia, volvimos a ser simplemente colombianos. Y quizá esa sea una de las pocas lecciones que puede dejarnos una tragedia: recordarnos quiénes somos cuando dejamos a un lado aquello que nos divide y nos concentramos en aquello que nos une.

Porque Colombia también es eso. Es el país donde un desconocido puede abrir las puertas de su casa para recibir a una familia que lo perdió todo; es el vecino que aparece con una botella de agua, quien prepara una olla de café para los voluntarios, la señora que cocina para quienes están trabajando entre los escombros, el joven que carga una caja, el conductor que ofrece transporte y el médico que llega sin preguntar de dónde viene el paciente. Es una Colombia que muchas veces no necesita demasiadas explicaciones para ayudar, porque existe una solidaridad que parece estar incorporada a nuestra manera de vivir, una solidaridad que se resume muy bien en esa expresión tan nuestra: “donde comen uno, comen dos”.

Puede parecer una frase sencilla, de esas que escuchamos desde niños alrededor de una mesa familiar, pero encierra una enorme idea de país. Cuando un colombiano dice “donde comen uno, comen dos”, pocas veces está hablando solamente de comida; está diciendo que siempre hay espacio para alguien más, que lo que tenemos puede compartirse y que, si alguien necesita ayuda, no vamos a preguntarle primero quién es, de dónde viene o qué piensa. Es una manera de decirle al otro: siéntese, aquí cabemos los dos. Y quizá pocas expresiones representan mejor la solidaridad que hemos visto nuevamente en estos días.

Porque Colombia no es un país perfecto. Tenemos problemas enormes, diferencias profundas y discusiones que muchas veces parecen interminables. Nos cuesta ponernos de acuerdo, discutimos por política, por fútbol, por regiones, por ideologías y hasta por la manera correcta de preparar un café. Sin embargo, cuando llega una tragedia, algo cambia. El colombiano recuerda que antes que cualquier diferencia está la vida y entonces aparece una Colombia distinta, una Colombia que no pregunta primero por el partido político, que no pregunta cuánto gana la persona que necesita ayuda, que no pregunta si vive en una ciudad grande o en un pequeño municipio y que tampoco pregunta si piensa igual. Simplemente ayuda.

Y eso debería llenarnos de orgullo. No de un orgullo vacío, de aquel que se limita a repetir que somos el mejor país del mundo, sino de un orgullo consciente de nuestras virtudes y también de nuestras dificultades. Orgullo de saber que, cuando las circunstancias lo exigen, todavía tenemos la capacidad de mirar al otro y entender que su dolor también nos pertenece. Orgullo de saber que, frente a la adversidad, podemos dejar por un momento nuestras diferencias y actuar como una comunidad.

Hay algo profundamente colombiano en esa manera de reaccionar. En nuestro país todavía existe la costumbre de servir un plato más “por si llega alguien”; existe la costumbre de preguntar al vecino si ya comió, de guardar un café para quien llega tarde, de compartir una panela, un arroz, unas arepas o aquello que haya en la cocina. Y cuando llega una emergencia, esas pequeñas costumbres se convierten en grandes gestos. Una familia que tiene comida para cuatro y recibe a seis, un comerciante que entrega agua, un campesino que pone su camioneta al servicio de una comunidad, un conductor que hace viajes sin cobrar, un restaurante que prepara alimentos para los voluntarios, una empresa que dona materiales o una persona que entrega desde su bolsillo lo poco que tiene son expresiones de una misma idea: cuando uno de los nuestros necesita ayuda, todos podemos hacer algo.

Todo eso también es Colombia, aunque muchas veces no sea la Colombia que ocupa las primeras páginas de los periódicos ni la que domina las conversaciones en las redes sociales. Durante demasiado tiempo hemos permitido que nuestras diferencias ocupen casi todo el espacio de la conversación nacional. Nos acostumbramos a mirarnos desde las trincheras, unos contra otros, unos defendiendo una idea y otros atacándola, unos hablando desde la indignación y otros respondiendo con más indignación. A veces pareciera que Colombia fuera únicamente aquello que nos divide, pero una emergencia nos demuestra que no es así, que debajo de nuestras diferencias existe algo mucho más profundo: una identidad compartida y una capacidad de sentir el dolor de alguien que quizá nunca hemos visto en nuestra vida.

Eso no significa desconocer nuestros problemas. Al contrario, significa reconocer que una nación también se construye desde la manera en que sus ciudadanos responden cuando uno de los suyos cae. Las carreteras pueden construirse con cemento, los hospitales con ladrillos y los colegios con concreto, pero una nación se construye con confianza, con solidaridad y con la certeza de que no estamos solos. Saber que, si algún día nos toca a nosotros, alguien estará dispuesto a extendernos la mano es una de las formas más poderosas de construir sociedad.

Por eso, después de una tragedia como esta, la pregunta no debería ser únicamente cuántas viviendas tendremos que reconstruir, cuántas carreteras habrá que reparar o cuánto dinero será necesario para recuperar las zonas afectadas. También deberíamos preguntarnos cómo hacemos para que esta solidaridad no desaparezca cuando pase la emergencia, porque allí está uno de los mayores desafíos. Durante una tragedia, la solidaridad aparece de manera casi natural; el verdadero reto es convertirla en una cultura permanente, lograr que el “donde comen uno, comen dos” no sea solamente una reacción frente al dolor, sino una manera cotidiana de relacionarnos.

Que también exista cuando el vecino pierde su empleo, cuando una familia no puede pagar una matrícula, cuando un joven necesita una oportunidad, cuando un campesino necesita comercializar su cosecha, cuando un adulto mayor necesita compañía o cuando una comunidad necesita ser escuchada. Que entendamos que ayudar no siempre significa entregar dinero, porque a veces ayudar significa compartir conocimiento, dar una oportunidad, escuchar, transportar, acompañar, abrir una puerta, recomendar a alguien para un empleo, comprar al pequeño productor o simplemente visitar al vecino que está solo.

Sobre todo, necesitamos dejar de pensar que los problemas del otro no tienen nada que ver con nosotros, porque sí tienen que ver con nosotros. Colombia no es únicamente el territorio que aparece dibujado en un mapa; Colombia somos nosotros. Somos el vecino, el campesino, el estudiante, el comerciante, el médico, el conductor, el bombero, el policía, el soldado, el voluntario y todas aquellas personas que, desde diferentes lugares y circunstancias, aportan para que este país siga adelante. Somos quien dona, quien recibe, quien acompaña y quien, en medio del desastre, decide que no va a mirar hacia otro lado.

Las tragedias también nos enseñan una lección de humildad. Nos recuerdan que la vida puede cambiar en segundos, que aquello que creemos permanente puede dejar de serlo y que muchas de las discusiones que hoy nos parecen enormes mañana pueden resultar insignificantes. Frente a la fuerza de la naturaleza todos somos vulnerables, pero frente al dolor de los demás todos tenemos algo que aportar. Esa es, quizá, una de las mayores fortalezas que tiene Colombia: nuestra capacidad de levantarnos juntos.

Lo hemos visto muchas veces después de inundaciones, incendios, deslizamientos, terremotos y otras emergencias. Siempre aparece alguien que pregunta qué se necesita, alguien que dice que pone el carro, alguien que lleva comida, alguien que consigue una herramienta, alguien que conoce a una persona que puede ayudar. Son frases sencillas, incluso cotidianas, pero con ellas se reconstruye un país, porque una nación no se levanta solamente con grandes discursos ni con decisiones tomadas desde los grandes edificios; también se levanta con pequeñas acciones repetidas millones de veces por ciudadanos que entienden que la suerte del otro también importa.
Y allí volvemos a esa frase que parece tan sencilla, pero que puede convertirse en toda una filosofía de vida: donde comen uno, comen dos. Porque cuando uno tiene abundancia, compartir puede resultar relativamente fácil, pero lo verdaderamente extraordinario es compartir cuando se tiene poco. Y Colombia sabe hacerlo. El colombiano puede tener una casa humilde, pero encuentra una silla para quien llega; puede tener una olla pequeña, pero agrega un poco más de agua; puede tener un mercado contado, pero separa una parte para quien lo necesita. Ese tipo de solidaridad no aparece en las estadísticas del Producto Interno Bruto ni en los grandes indicadores económicos, pero tiene un valor enorme, porque es tejido social, es confianza, es identidad y también es una forma de riqueza nacional.

Por eso, en medio del dolor que deja un sismo, también podemos encontrar una razón para sentirnos orgullosos. No un orgullo ingenuo que niegue nuestras dificultades, sino un orgullo consciente de que todavía tenemos algo que muchas sociedades han ido perdiendo: la capacidad de sentir como propio el dolor de alguien que no conocemos. Ese es un patrimonio que debemos cuidar, porque después de que pasen las cámaras, después de que cambien los titulares y después de que el país vuelva a concentrarse en sus problemas cotidianos, las familias afectadas seguirán necesitando apoyo. La solidaridad no puede ser una noticia de 24 horas; debe convertirse en acompañamiento, reconstrucción, oportunidades y presencia.

Hoy podemos decirlo con el corazón: somos colombianos. Y ser colombiano también significa que cuando uno cae, otros intentan levantarlo; que cuando una familia pierde su casa, otra intenta abrirle la puerta; que cuando alguien tiene hambre, aparece un plato; que cuando alguien tiene frío, aparece una cobija y que cuando alguien tiene miedo, aparece una mano. Esa puede ser nuestra verdadera resiliencia: no la capacidad de soportarlo todo en silencio, sino la capacidad de levantarnos acompañados.

Por eso, en estos días difíciles, vale la pena recordar que Colombia no solamente es aquello que vemos en las noticias. Colombia también es el voluntario que madruga, la mujer que cocina, el joven que carga, el campesino que transporta, el médico que atiende, el empresario que dona y el vecino que abre su puerta. Colombia también son millones de personas que, desde distintos lugares del país, dicen de una u otra manera que nadie está solo. Ese mensaje puede parecer sencillo, pero en medio de una tragedia puede significarlo todo.

Las paredes se pueden reconstruir, las carreteras se pueden reparar y las ciudades pueden volver a levantarse, pero lo que realmente mantiene de pie a un país es algo mucho más poderoso: su gente. Cuando la gente se une, cuando el colombiano mira al colombiano y decide tenderle la mano, aparece una fuerza que ningún terremoto puede derrumbar. Por eso, incluso en medio del dolor, podemos decir con orgullo que somos colombianos, porque aquí todavía entendemos que donde comen uno, comen dos, y si hace falta, comen tres, cuatro o diez. Porque mientras haya una mesa, siempre habrá espacio para alguien más; mientras haya una mano, siempre habrá alguien a quien levantar, y mientras existan colombianos dispuestos a ayudarse, Colombia siempre tendrá una razón para levantarse.