Por José Roberto Cajiao*
En el día de hoy(26/02/2026), la Empresa de Servicios Públicos de Pitalito confirmó, mediante un comunicado oficial suscrito por su gerente Carolina Calderón, el restablecimiento del servicio de acueducto tras una suspensión preventiva. La causa oficial señalada fue la "alta turbiedad en el río Guachicos" ocasionada por las fuertes lluvias. Aunque es un alivio el retorno del servicio y se reconoce el esfuerzo operativo para llenar nuevamente los casi 200 kilómetros de red que abastecen al municipio, es urgente que los laboyanos comprendamos que la "turbiedad" es apenas el síntoma superficial de una enfermedad estructural mucho más grave. Cada vez que llueve fuerte, nuestro sistema colapsa, y la ciencia, junto con la observación histórica de campo, nos entrega explicaciones contundentes que van más allá del clima y que ya no podemos darnos el lujo de ignorar.
El primer factor evidente es el deterioro acelerado de las cuencas altas de los ríos Guachicos y El Cedro. En las últimas décadas, hemos visto cómo la cobertura vegetal original, ese espeso bosque natural húmedo que actuaba como una esponja protectora, ha sido reemplazado por cultivos agroindustriales como el café, el lulo, el aguacate… sumado a la proliferación de nuevas urbanizaciones rurales. Al desnudar la montaña, la lluvia ya no se filtra suavemente en la tierra, sino que arrastra violentamente el suelo suelto hacia el cauce. Esa es la verdadera naturaleza de la turbiedad que tapona los filtros de nuestra bocatoma: es nuestro suelo fértil lavándose por la falta de ordenamiento y conservación en la parte alta.
Sin embargo, el factor más crítico y trascendente es un problema geológico irresoluble en el sitio actual. La actual Bocatoma de Pitalito no está construida sobre un terreno firme, sino que se ubica exactamente en el punto de encuentro de dos colosos tectónicos: la Falla Pitalito y la Falla El Cedro(ver imagen central de fallas). Esta confluencia crea lo que en geología se conoce como una "Cuenca de Tracción" o cuenca tipo pull-apart. Para visualizarlo de manera sencilla, imaginemos que el valle sobre el cual se asienta nuestra infraestructura es un bloque de tierra atrapado entre dos inmensas placas que se deslizan y tiran en direcciones opuestas. Este estiramiento continuo tritura literalmente la roca que se encuentra debajo.
Esta dinámica tectónica genera un efecto de cizalla incesante. Para entenderlo mejor: la tierra en la Bocatoma no se está yendo hacia arriba ni hacia abajo; se está deslizando de lado a lado (falla de rumbo o strike-slip, ejemplo 2 de la imagen), rasgando el terreno como si fueran dos trenes rozándose a toda velocidad. Construir y mantener infraestructuras rígidas, como los tanques desarenadores y los muros de contención de concreto, sobre una zona de cizalla activa es un desafío a las leyes de la física; equivale a intentar mantener intacta una estructura de cristal sobre un suelo que se está agrietando y desplazando constantemente.
A este escenario se suma un fenómeno que los trabajadores más antiguos del sistema han venido observando con gran preocupación: el cauce del río Guachicos se está recostando cada vez más hacia el oriente, acercándose peligrosamente al sistema de la bocatoma. Este desvío no obedece a la erosión natural del agua, sino a un "basculamiento tectónico". El movimiento constante de las fallas está inclinando el piso del valle en esa dirección, obligando al río a modificar su curso acercándose cada vez más a las estructuras de captación de la BOCATOMA EMPITALITO . El río simplemente obedece a la inclinación que le dicta la tierra.
Finalmente, al estar ubicados sobre una red de fallas activas y en un terreno saturado de agua, nos enfrentamos a la amenaza latente de la licuefacción(Ejemplo 1 de la imagen). En caso de un evento sísmico moderado o fuerte, la vibración extrema provoca que el suelo arenoso y saturado pierda su firmeza y se comporte temporalmente como un líquido (similar a las arenas movedizas). Si esto llegara a ocurrir, el peso de las pesadas estructuras de concreto de la bocatoma las haría hundirse o colapsar de manera casi instantánea, superando cualquier nivel de turbiedad o empalizada, y generando una catástrofe que dejaría a más de 90.000 personas sin agua por un tiempo indefinido que viven en el casco urbano.
El comunicado oficial nos habla de una emergencia superada, pero la evidencia científica, respaldada por mapas geológicos y estudios de neotectónica, nos demuestra que Pitalito vive en un estado de vulnerabilidad extrema y permanente. El movimiento no natural del río hacia la infraestructura y la ubicación sobre fallas activas demuestran que la solución definitiva a este problema no pasa por verter más cemento en el mismo lugar, sino por acatar los mandatos de los dos Planes de Ordenamiento Territorial 1999 y 2021 y los estudios técnicos que exigen la reubicación urgente de la captación hacia una zona geológicamente segura. El acceso al agua es un derecho fundamental de todos, pero garantizarlo en Pitalito requiere, hoy más que nunca, tomar decisiones basadas en la ciencia y escuchar las advertencias que la misma tierra nos está haciendo.
*Colaboración de Geovanny Rojas y Andrés Vargas (Geólogo)