Felipe Narváez – Docente de la Universidad Surcolombiana
El debate en torno a la obra del Parque de la Valvanera y el proyecto de la "Calle del Café" en Pitalito ha alcanzado un nivel ideológico profundo que merece ser analizado con rigor. Lejos de las discusiones superficiales de la política cotidiana, un comentario en Facebook del usuario Terre Dario Peña ha elevado el tono de la discusión al traer a colación una de las obras más complejas de Quentin Tarantino: Django Desencadenado. En su escrito, Peña intenta defender la obra del alcalde Yider Luna citando la esencia de la famosa escena del mayordomo de la plantación: "yo no quiero un caballo, solo quiero que él no lo tenga". Bajo esta lógica, argumenta que quienes ejercen veeduría ciudadana actúan por "envidia" y resentimiento, tildándolos de "Stephens" que no soportan ver a un mandatario de origen popular sacando adelante un proyecto tan cuestionado.
Este planteamiento es, sin duda, uno de los aportes más interesantes que se han hecho en este escenario. Tanto que, estando al margen, me he visto obligado a responder. Y sí debo expresar que toda buena película tiene un mensaje ideológico que es menester develar.
Al analizar la psicología del personaje de Tarantino con rigor ideológico, la metáfora revela una realidad completamente opuesta: quien padece la patología del Síndrome de "Stephen" Candie en esta historia es el propio Terre Dario Peña.
Argumentamos esta aseveración de la siguiente manera:
En la película, la furia de Stephen hacia Django nace de una verdad brutal: no quiere ver a otro negro salir adelante. La envidia lo carcome y le arrebata por completo su humanidad, pero, en el fondo, esa envidia es el mecanismo con el que legitima su propia esclavitud. Al haber aceptado sumisamente sus cadenas a cambio de un trato especial en la "casa grande", Stephen es incapaz de concebir que un igual pueda ser verdaderamente libre, portar armas y cabalgar. Por eso, actúa como el perro guardián de la propiedad privada de su amo y del statu quo.
Cuando el señor Peña aplaude ciegamente que un gobernante de turno disponga de un parque histórico como si fuera su feudo privado, justificando el cemento bajo la bandera de una "modernización" —que no es más que un sinónimo de transformar el bien público en un activo para la comercialización y los usos del mercado—, está replicando esa misma conducta sumisa. Es el aplauso del subordinado que legitima que lo colectivo sea devorado por el lucro privado.
Por el contrario, los defensores del Parque de la Valvanera están en las antípodas ideológicas de Stephen: lo que ellos defienden es un bien público. Un parque no es una plantación privada ni una plataforma de negocios para el mercado; es el espacio democrático por excelencia.
Es un tejido verde, horizontal, equitativo e incluyente; un lugar histórico donde se resguarda la memoria y donde cualquier ciudadano —sin importar su clase social o su capacidad de consumo— tiene exactamente el mismo derecho a habitar y encontrarse. Quienes exigen respeto por las zonas verdes o de recreación pasiva publica actúan desde la dignidad del ciudadano libre que entiende que el espacio de todos no se privatiza, no se mutila y no se entrega a las lógicas mercantiles.
El origen popular del alcalde no puede convertirse en una patente de corso para pasar por encima de la ley o desmantelar la memoria histórica de su propia gente en nombre de la comercialización. Defender el Parque de la Valvanera es un llamado urgente a la comunidad laboyana para proteger estos bienes horizontales.
Cuidar este espacio es un acto de soberanía ciudadana; es demostrar que, a diferencia de Stephen y de quienes justifican el capricho oficial, el pueblo de Pitalito no legitima las arbitrariedades del poder. Por el contrario, prefiere defender lo que es de todos de manera horizontal e incluyente. El parque representa una relación simbólica que teje la memoria del pasado con el presente, forjando así su futuro, su identidad arquitectónica y su cultura.