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Por Eduardo Gutiérrez Arias

Colombia tiene hoy 35 partidos políticos con personería jurídica vigente, pero casi todos ellos se encuentran sumidos en una profunda crisis organizativa, ideológica y de credibilidad ante la ciudadanía.

Casi ninguno cuenta con un sistema de afiliación mediante carnet o método similar que permita ejercer derechos al interior del partido. No realizan congresos, asambleas o convenciones para definir sus programas de gobierno, su línea política y sus estatutos. En la mayoría existe una gran ausencia de principios ideológicos. Tampoco utilizan procedimientos democráticos para elegir sus direcciones y sus candidaturas a cargos de elección popular en municipios, departamentos y en el orden nacional. Todo esto es reemplazado por decisiones de caudillos y camarillas clientelistas que imponen al llamado partido su voluntad omnímoda.

De hecho, los dos partidos históricos —el Liberal y el Conservador— surgieron al calor de las guerras civiles del siglo XIX. Sus generales fundadores los crearon más como ejércitos que como partidos deliberantes, imponiéndoles el verticalismo, la obediencia ciega y la intolerancia.

Debo hacer aquí una salvedad respecto al Pacto Histórico, el último de los creados, nacido de la fusión de cinco fuerzas de izquierda que se disolvieron antes de la unión. Este obtuvo su personería jurídica a finales del año pasado, cuando ya se había iniciado la campaña electoral para Congreso y Presidencia, y no ha tenido el tiempo necesario para organizar su congreso fundacional. Esa será su primera responsabilidad una vez pasadas las elecciones.

Es explicable que, en estos más de 200 años de vida republicana, en un país semifeudal, atrasado, con dominio del latifundismo y un gran apego a la religión católica, haya sido el Partido Conservador el que predominó en el manejo del Estado. El Liberalismo solo tuvo dos momentos fulgurantes: con el Olimpo Radical entre 1863 y 1886, bajo la vigencia de la Constitución de Rionegro, y durante el periodo de la Revolución en Marcha entre 1930 y 1945.

Menguado y adocenado por las dictaduras conservadora y militar de mediados del siglo pasado, el liberalismo decidió pactar una dictadura civil bajo el nombre de Frente Nacional, para repartirse el poder entre liberales y conservadores durante 16 años. Solo hasta 1991 los colombianos logramos aprobar una Constitución Política con derechos y libertades que nos aproximaba a la modernidad. Esto fue fruto de las negociaciones de paz con las guerrillas y, especialmente, del desarme del M-19.

Es claro que la democracia solo puede florecer en sociedades con partidos democráticos, sea cual sea su ideología. Pero la democracia significa reglas del juego para todos los integrantes de la sociedad, que les permitan tener libertad de creencias y opiniones, y divulgarlas por todos los medios posibles.

Esa reforma institucional del Estado colombiano, necesaria para tener partidos deliberantes, no ha sido posible en nuestro país. Y constituye una gran limitación para el desarrollo de su democracia.