Wilfred Trujillo Trujillo
Diputado Asamblea del Huila
Hay momentos en los que la responsabilidad de gobernar consiste, precisamente, en mirar un poco más allá de la coyuntura. No esperar a que ocurra una emergencia para reaccionar, sino tener la capacidad de anticiparse a ella. El Huila está frente a uno de esos momentos. Durante los últimos meses hemos escuchado hablar de la posibilidad de un nuevo fenómeno de El Niño. Lo que inicialmente aparecía como una advertencia climática hoy tiene un nivel de preocupación mucho mayor. El IDEAM ha venido advirtiendo sobre el fortalecimiento de las condiciones asociadas a El Niño y sobre sus posibles efectos en el territorio nacional. Esto no debería ser leído únicamente como una noticia meteorológica.
Para el Huila es una advertencia sobre el agua, la agricultura, la ganadería, los ecosistemas, los incendios forestales, la energía, la salud pública y, en general, sobre la capacidad que tenemos como departamento para proteger y los medios de subsistencia de nuestra gente. Porque cuando hablamos de El Niño en el Huila no estamos hablando de un territorio homogéneo. Estamos hablando de un departamento que tiene una de sus mayores riquezas precisamente en su diversidad geográfica y climática. Desde las zonas cálidas del valle del Magdalena hasta las montañas, las zonas cafeteras, los bosques alto andinos y los páramos, el Huila tiene diferentes pisos térmicos y, por lo tanto, diferentes maneras de sentir y enfrentar un mismo fenómeno climático. En Neiva, Aipe, Villavieja, Palermo, Tello o Campoalegre, el calor y la disminución de las lluvias pueden convertirse rápidamente en problemas de disponibilidad de agua, afectaciones agrícolas e incendios de cobertura vegetal. En las zonas cafeteras del sur y centro del departamento, el problema puede expresarse de otra manera: estrés hídrico, alteraciones en los ciclos productivos y presión sobre las fuentes que abastecen a las comunidades rurales. Y en las zonas de mayor altitud, la preocupación está relacionada con la regulación hídrica, la conservación de ecosistemas estratégicos y la capacidad de las fuentes para mantener sus caudales.
Por eso, la primera equivocación sería pensar que existe una sola respuesta para todo el Huila. No existe un solo Huila frente a El Niño. Existe un Huila de diferentes territorios, diferentes temperaturas, diferentes sistemas productivos y diferentes necesidades de agua. Y esa realidad debería convertirse en el punto de partida de una política departamental de prevención. Lo preocupante es que las señales ya están apareciendo. La institucionalidad ha advertido sobre el incremento de las temperaturas, el riesgo de incendios de cobertura vegetal y la posibilidad de afectaciones en el abastecimiento de agua. Estos números y estas alertas deberían ser suficientes para entender que no estamos frente a una discusión abstracta. Estamos hablando de nuestro territorio, de nuestros bosques, de nuestros ríos y quebradas, del agua que llega a los hogares, del café que sostiene a miles de familias, de los cultivos que alimentan al departamento y generan ingresos para nuestros campesinos, de los animales que dependen de fuentes de agua que pueden reducir sus caudales y de incendios que pueden comenzar con una pequeña quema y terminar destruyendo cientos de hectáreas.
El Huila, además, conoce muy bien el costo de los incendios forestales. Por eso resulta fundamental que la conversación cambie. No podemos esperar a que un municipio se quede sin agua para comenzar a buscar alternativas. No podemos esperar a que un incendio consuma cientos de hectáreas para preguntarnos si los cuerpos de bomberos tenían las herramientas necesarias. No podemos esperar a que un productor pierda una cosecha para comenzar a hablar de adaptación climática.
La prevención tiene que comenzar antes de la emergencia. Y aquí aparece una responsabilidad enorme para las alcaldías y para la Gobernación del Huila. La institucionalidad territorial debe asumir que enfrentar El Niño no es exclusivamente una tarea de las oficinas de gestión del riesgo. Es un asunto transversal que involucra agricultura, ambiente, infraestructura, salud, educación, servicios públicos, planeación, desarrollo económico y protección de los recursos naturales. Cada municipio debería saber cuáles son sus fuentes abastecedoras, cuánto agua tiene disponible, cuáles son sus zonas críticas, qué cultivos están más expuestos, dónde están los puntos de mayor riesgo de incendio y cuál es su capacidad de respuesta. La pregunta debería ser muy sencilla: si mañana tenemos una reducción importante de las lluvias, ¿está preparado nuestro municipio? ¿Tiene identificadas sus fuentes de abastecimiento? ¿Tiene un plan para garantizar agua a la población rural? ¿Tiene capacidad de transportar agua si una fuente se seca? ¿Tiene activos sus mecanismos de respuesta? ¿Tiene suficientes equipos para atender incendios? ¿Tiene convenios vigentes con los cuerpos de bomberos? ¿Tiene identificadas las zonas donde históricamente se presentan incendios? ¿Está acompañando a los productores? ¿Está haciendo pedagogía sobre el uso eficiente del agua? ¿Está protegiendo los nacimientos? ¿Está vigilando las quemas? Estas no deberían ser preguntas para después de la emergencia. Deberían ser preguntas para hoy. Y hay otro asunto que merece especial atención: el agua. El agua debe convertirse en el centro de la estrategia. No solamente porque pueda disminuir la lluvia, sino porque cuando aumenta la temperatura también aumenta la demanda y la pérdida de agua por evaporación y evapotranspiración. Es decir, podemos tener menos disponibilidad justamente cuando las plantas, los animales y las personas necesitan más. Esto obliga a mirar con especial atención a nuestros campesinos.
El Niño no puede convertirse en una crisis silenciosa para el sector agropecuario. El Huila es café, arroz, cacao, frutales, ganadería y una enorme diversidad de sistemas productivos. Cuando cambia el régimen de lluvias, cambia también la realidad de quienes trabajan la tierra. Por eso la Secretaría de Agricultura, los municipios, los gremios, las asociaciones de productores, las entidades técnicas y las organizaciones campesinas deben trabajar sobre escenarios concretos. No todos los productores necesitan la misma respuesta. Un caficultor de la montaña no enfrenta exactamente el mismo riesgo que un productor de arroz en el valle. Un ganadero del norte no tiene las mismas necesidades que un productor de frutales en el sur. La política pública debe dejar de hablar únicamente de "el sector agropecuario" y empezar a hablar de cada territorio y cada sistema productivo. También debemos hablar de los incendios. Aquí no hay espacio para la improvisación. La Gobernación ha señalado la necesidad de fortalecer la prevención y la respuesta frente a los incendios forestales y de reforzar las capacidades de los cuerpos de bomberos. Esto debería convertirse en una prioridad inmediata para las administraciones municipales. Un municipio que enfrenta una temporada de altas temperaturas no puede darse el lujo de tener un cuerpo de bomberos sin recursos, sin equipos suficientes o sin capacidad de movilización. La prevención también es equipamiento, combustible para los vehículos, comunicación, capacitación comunitaria, vigilancia, rutas de acceso y capacidad de respuesta. Y, sobre todo, la prevención es evitar que una conducta humana termine convirtiéndose en una tragedia ambiental. Por eso hay que insistir en una cultura de responsabilidad. Una quema agrícola no controlada, una colilla arrojada en una zona seca, una fogata mal apagada o cualquier práctica que pueda iniciar un incendio adquiere una dimensión completamente diferente cuando el territorio está sometido a temperaturas elevadas y condiciones secas. El llamado a los ciudadanos es claro: cuidar el agua, evitar las quemas y reportar oportunamente cualquier conato. Pero el llamado a las instituciones debe ser todavía más claro: estar preparadas antes de que llegue la emergencia. Porque gobernar también significa anticiparse.
El fenómeno de El Niño no puede convertirse en una sorpresa para las administraciones públicas. Desde meses atrás el IDEAM viene advirtiendo sobre la posibilidad de desarrollo del fenómeno y hoy las condiciones requieren especial atención. Tenemos información, tenemos pronósticos, tenemos antecedentes y tenemos experiencias recientes. Lo que necesitamos ahora es convertir esa información en decisiones. La Gobernación debe liderar una estrategia departamental, Los alcaldes tienen que convocar sus Consejos Municipales de Gestión del Riesgo, revisar sus planes de contingencia y determinar cuáles son sus vulnerabilidades más importantes. Porque una emergencia siempre termina costando más que la prevención. El llamado, entonces, no es al miedo. Es a la preparación. No necesitamos sembrar pánico entre los huilenses. Necesitamos sembrar conciencia. El Niño no significa que mañana se vaya a secar todo el departamento. Tampoco significa que dejará de llover completamente. Significa que tendremos condiciones climáticas diferentes y que algunos territorios pueden enfrentar mayores temperaturas, menor disponibilidad de agua y mayor riesgo de incendios. Y justamente porque conocemos nuestra geografía, podemos prepararnos. El Huila tiene una ventaja que debemos convertir en fortaleza: conocemos nuestro territorio. Sabemos dónde nacen nuestros ríos, sabemos dónde están nuestros páramos, sabemos dónde están nuestros bosques, sabemos cuáles son las zonas cafeteras, sabemos dónde están los cultivos, sabemos cuáles son los municipios que históricamente sufren incendios y sabemos dónde están las comunidades rurales más dispersas. Lo que falta es articular esa información y convertirla en una estrategia común. Quizás esta sea una oportunidad para que el Huila construya algo que vaya más allá de enfrentar este episodio particular de El Niño: una verdadera política departamental de adaptación y prevención frente a la variabilidad climática. Porque después de El Niño vendrá otro fenómeno. Después de una temporada seca vendrá una temporada de lluvias. Después de una emergencia vendrá otra amenaza. El clima está cambiando y la gestión pública no puede continuar reaccionando únicamente cuando el desastre ocurre. El desafío es construir gobiernos capaces de anticiparse. Por eso, hoy el llamado es a la Gobernación del Huila y a las 37 alcaldías: no esperemos a que falte el agua para hablar del agua. No esperemos al incendio para hablar de prevención. No esperemos a que el campesino pierda su cosecha para hablar de adaptación. Hagamos desde ahora el inventario de nuestras fuentes hídricas, fortalezcamos los cuerpos de bomberos, acompañemos a nuestros productores, protejamos nuestros bosques y páramos, eduquemos sobre el uso eficiente del agua y preparemos respuestas diferenciadas para cada territorio. Que cada alcalde pueda responder con tranquilidad qué pasaría en su municipio si las lluvias disminuyen durante varios meses. Que cada comunidad sepa qué hacer. Que cada productor tenga orientación. Que cada cuerpo de bomberos tenga capacidad. Que cada fuente hídrica estratégica esté monitoreada. Y que la Gobernación tenga una visión integral de lo que está ocurriendo en los 37 municipios. Porque el verdadero éxito de una administración no se mide solamente por su capacidad de atender una emergencia. También se mide por las emergencias que logró evitar. El Huila tiene una oportunidad: demostrar que la prevención no es un discurso, sino una forma de gobernar. El Niño nos está haciendo una pregunta como departamento. La pregunta no es si va a llover mañana. La pregunta es mucho más profunda: ¿estamos preparados para cuidar el Huila cuando el agua empiece a escasear? La respuesta no puede esperar hasta mañana.