Por Wilfred Trujillo - Diputado Asamblea del Huila
A menos de un mes de las elecciones presidenciales, el país ya no está discutiendo quién quiere ser presidente, sino quién tiene realmente la capacidad de interpretar el miedo, el cansancio y la rabia de los colombianos. Y en ese escenario, mientras algunos siguen atrapados en cálculos académicos y otros sobreviven únicamente en encuestas infladas de redes sociales, la realidad política empieza a dibujar una segunda vuelta que hace unos meses parecía improbable, pero que hoy toma fuerza en las calles, en las regiones y en el ambiente nacional: Iván Cepeda contra Abelardo de la Espriella.
Sí, el país camina hacia una elección profundamente polarizada. La continuidad del petrismo representada por Cepeda frente a una candidatura antisistema de derecha dura encarnada por De la Espriella. Dos visiones completamente distintas de Colombia. Dos discursos irreconciliables. Y, sobre todo, dos emociones enfrentadas: el miedo al regreso del radicalismo de izquierda y el cansancio frente al fracaso del experimento del cambio.
Porque si algo dejó claro el gobierno de Gustavo Petro es que la narrativa puede ganar elecciones, pero no necesariamente gobernar un país. Colombia votó por la promesa de la transformación y terminó enfrentándose a un gobierno marcado por la improvisación, las peleas permanentes, la inseguridad creciente, el desgaste institucional y una desconexión evidente con las regiones productivas del país. El famoso “cambio” terminó convertido en incertidumbre.
Y cuando un gobierno decepciona, las sociedades reaccionan. La historia política latinoamericana funciona así. Los péndulos ideológicos se mueven con fuerza. El problema para la izquierda colombiana es que esta vez el desgaste no es pequeño: es emocional, económico y territorial. La gente siente que perdió tranquilidad. El comerciante siente miedo. El campesino siente abandono. El empresario siente persecución. Y las regiones sienten que Bogotá volvió a gobernar desde el discurso y no desde la realidad. Ahí aparece Abelardo de la Espriella.
Muchos analistas aún cometen el error de subestimarlo porque vienen de la vieja escuela política donde los candidatos debían parecer diplomáticos, calculados y “correctos”. Pero el fenómeno De la Espriella no nace desde los salones políticos; nace desde la indignación ciudadana. Y cuando un candidato conecta con una emoción colectiva, deja de depender exclusivamente de partidos, maquinarias o medios tradicionales.
Abelardo entendió algo que varios dirigentes todavía no comprenden: hoy la política no premia necesariamente al más técnico, sino al que logra interpretar mejor el estado de ánimo nacional. Y el estado de ánimo de Colombia hoy no es la esperanza ingenua del 2022. Es el deseo de orden, autoridad y carácter.
Por eso su figura empieza a crecer especialmente en sectores populares, empresarios medianos, jóvenes inconformes y ciudadanos cansados de los extremos tradicionales. Mientras otros candidatos hablan como si estuvieran en un foro universitario, De la Espriella habla como alguien que quiere pelear. Y en un país agotado de sentirse débil frente a la delincuencia, el narcotráfico y el deterioro institucional, ese discurso empieza a conectar.
El “Tigre”, como ya lo llaman miles de seguidores, entendió además otro elemento clave: la política moderna es percepción. Y hoy proyecta algo que muchos candidatos no logran transmitir: determinación. Puede gustar o no su estilo, pero nadie puede negar que genera recordación, conversación y emoción. Y en política, la indiferencia mata más rápido que el rechazo.
Mientras tanto, el petrismo parece caminar hacia una candidatura de resistencia ideológica alrededor de Iván Cepeda. Un dirigente disciplinado, con estructura política y con respaldo fuerte de la izquierda más militante. Cepeda representa la continuidad del proyecto político de Petro, incluso si intenta moderar el tono. Y justamente ahí está el problema: esta elección terminará funcionando como un referendo emocional sobre el gobierno actual.
Cada error del gobierno pesa sobre sus hombros. Cada escándalo. Cada crisis de seguridad. Cada pelea institucional. Cada promesa incumplida. La oposición no necesitará inventar demasiado; simplemente deberá recordarle al país cómo se siente hoy.
La gran equivocación del llamado “centro” ha sido creer que Colombia sigue en una conversación técnica. No. Colombia está en una conversación emocional. El ciudadano no se levanta pensando en teoría política; se levanta pensando en si puede salir tranquilo, si el dinero alcanza y si el país tiene rumbo. Y en ese terreno, los discursos tibios empiezan a perder fuerza.
Por eso la segunda vuelta terminará siendo entre dos figuras capaces de movilizar emociones intensas: Cepeda movilizando la defensa del proyecto progresista y Abelardo movilizando el rechazo al petrismo. Esa es la verdadera polarización que viene.
Y aquí aparece el dato más incómodo para muchos sectores políticos: si la segunda vuelta es Cepeda vs De la Espriella, el escenario favorece al Tigre.
¿Por qué? Porque las elecciones en Colombia suelen definirse más por el voto castigo que por el voto enamorado. Y hoy existe un bloque enorme de ciudadanos que, más allá de simpatías ideológicas, simplemente no quiere continuidad. Ese bloque puede ir desde empresarios hasta ciudadanos de barrios populares golpeados por la inseguridad. Desde jóvenes decepcionados hasta sectores independientes cansados de la confrontación permanente.
De la Espriella tiene además algo que otros candidatos de derecha no han logrado consolidar: narrativa de outsider con capacidad de confrontación. No se vende como político tradicional. Se vende como alguien dispuesto a romper el tablero. Y aunque eso incomoda a las élites políticas tradicionales, conecta con una ciudadanía que siente que el sistema perdió autoridad.
La izquierda apostará a meter miedo sobre lo que representa el Tigre. Pero la pregunta es si ese miedo será más fuerte que el cansancio acumulado contra el gobierno actual. Y ahí está la clave de toda la elección.
Porque esta no será una campaña sobre ideologías puras. Será una campaña sobre sensaciones. Sobre quién representa más fuerza. Más autoridad. Más ruptura. Más carácter. Y en ese escenario, Abelardo parece entender mejor el lenguaje emocional del momento político colombiano.
La política colombiana cambió. Ya no se gana únicamente con estructuras regionales o debates técnicos. Hoy se gana dominando la conversación pública, interpretando el enojo social y construyendo símbolos. Petro lo entendió en 2022. Y ahora De la Espriella parece haber aprendido esa misma lección desde la otra orilla ideológica.
Faltan semanas intensas. Habrá ataques, alianzas, encuestas y operaciones políticas. Pero debajo de todo ese ruido existe una realidad silenciosa que empieza a consolidarse: Colombia se está preparando para una elección de choque. Una elección entre continuidad o ruptura. Entre la defensa del modelo de Petro o la reacción frontal contra él.
Y en esa batalla, el Tigre está dejando de ser una anécdota para convertirse en una posibilidad real de poder.
Muchos todavía no quieren aceptarlo. Pero las campañas no se ganan en los estudios de televisión ni en las columnas elegantes de Bogotá. Se ganan interpretando el momento histórico de un país. Y hoy Colombia no parece estar buscando moderación. Parece estar buscando alguien que transmita fuerza.
Por eso la segunda vuelta ya empieza a tener forma.: Cepeda contra Abelardo.
Y si el voto termina siendo un plebiscito contra el desgaste del petrismo, el Tigre no solo llegará a segunda vuelta. Puede terminar rugiendo desde la Casa de Nariño