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Según las Escrituras, nuestra naturaleza pecaminosa, simbolizada por la serpiente que nos envenenó, puede ser vencida. Pero, ¿cómo logramos ser salvos de esta naturaleza? La respuesta se encuentra en la obra de Jesucristo.

 

Cristo, nuestra salvación

 

En Juan 3:16-17, la Biblia nos revela el profundo amor de Dios: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no perezca, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a Su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de Él.”

 

Así como en el Antiguo Testamento los israelitas envenenados por serpientes solo tenían que mirar a la serpiente de bronce levantada en la asta para vivir, nosotros también podemos ser salvos al contemplar a Jesús crucificado.

 

La regeneración: una nueva vida en Cristo

 

Cuando nos arrepentimos y creemos en Él, ocurre una transformación. Al igual que la serpiente de bronce anuló el veneno, la muerte de Cristo en la cruz destruyó la naturaleza pecaminosa, o "serpentina", en nosotros.

 

Este acto de fe nos lleva a la regeneración: el momento en que recibimos la vida divina, una vida completamente nueva, distinta de nuestra vida humana corrompida. Es un proceso donde nuestro pecado es perdonado, nuestra naturaleza pecaminosa es anulada y somos liberados del poder de Satanás.

 

Al creer en Jesús, no solo somos salvos de la condenación, sino que también recibimos la promesa de la vida eterna.