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Por: Luis Felipe Narváez
Docente Universidad Surcolombiana

Para entender quién se quedará con la victoria, la clave no está solo en las encuestas, sino en la psicología del electorado y en la efectividad de las estrategias de movilización en la recta final. El panorama actual se define por variables críticas que cruzan el voto útil, la volatilidad del centro y el fenómeno de la abstención.

El triunfo de Cepeda puede depender directamente de su capacidad para activar al electorado indignado pero pragmático. Existe un grueso de ciudadanos que en el proceso anterior —la primera vuelta— optó por la abstención debido al desencanto con el gobierno de Petro , al considerar que no cumplió en áreas críticas como la seguridad, la lucha contra la corrupción, el orden público o el avance del proceso de paz en el conflicto armado actual -Soy uno de esos-. Sin embargo, en este escenario, este grupo evalúa su participación bajo la premisa del voto útil o el "mal menor". Si la campaña de Cepeda logra canalizar este voto de castigo y sumarlo a sus estructuras, consolidará una ventaja competitiva crucial para acortar distancias y disputar la victoria.

Por otro lado, el péndulo de la elección está en los ciudadanos que previamente respaldaron al "Tigre". Un porcentaje amplio del electorado carece de una estructura ideológica rígida y no responde a lealtades partidistas; es un voto de opinión, altamente emocional, volátil y permeable a la política del espectáculo, que proviene de una derecha fragmentada y del desgaste de un modelo neoliberal cuyos resultados históricos han dejado mucho que desear para las mayorías nacionales, pero que sigue votando desde su propio marco político personal (George Lakoff).

Los estrategas de Cepeda saben bien que un segmento importante de los votantes del "Tigre" son ciudadanos que simpatizan con Abelardo pero defienden causas como la agenda ambiental y la no violencia de género, entre otros temas. Sin embargo, hoy este sector recibe, a través de las redes y otros medios, señales ambivalentes que chocan con sus valores. Al verse confrontado por la incoherencia discursiva, este grupo no cambiará su voto por el rival —Cepeda—, sino que preferirá quedarse en casa, distraído incluso por eventos cotidianos como un partido del Mundial. Este bolsón de votos es significativo, y en la efectividad de la estrategia para lograr que se abstengan o se movilicen ese día se puede encontrar al verdadero ganador.

Por lo tanto, además de mantener fiel el voto de la primera vuelta, la viabilidad del triunfo de Abelardo depende de una estricta matemática de movilización geográfica y agregación política. Para consolidar su victoria, los niveles de participación en las regiones donde resultó ganador en la primera vuelta deben ser altos. Esto le impone el reto estratégico de endosar de manera efectiva el caudal electoral de Paloma Valencia —asegurando el voto de la base del uribismo— y, al mismo tiempo, seducir a los votantes de centro dejados disponibles por los candidatos que quedaron en la cola de la primera vuelta. El éxito de su campaña radica en la capacidad de activar con fuerza sus feudos electorales mientras consolida esta compleja transferencia de apoyos.

Como parte de la recta final en la estrategia de triangulación narrativa de su equipo, y a solo diez días de la elección, Abelardo está intentando un viraje estratégico hacia el centro para capturar este segmento moderado. Sin embargo, el riesgo de esta maniobra de marketing político es sumamente alto: al flexibilizar su discurso para atraer a los indecisos, Abelardo desdibuja su identidad política y arriesga la credibilidad ante su base dura. Esta triangulación conlleva serios peligros si no se ejecuta de manera técnica y quirúrgicamente segmentada. Si el mensaje genera contradicciones, el votante de opinión optará irremediablemente por la apatía, se quedará en casa ese día del voto.

A este complejo escenario se suma el enemigo silencioso de la jornada: la infoxicación y la parálisis ciudadana. Evocando el planteamiento de Hannah Arendt, la saturación de información y la polarización extrema no concientizan al ciudadano, sino que terminan por inmovilizarlo, me lo expresó la persona que trabaja con nosotros: "tanta pelea, por todo lado, prefiero no votar". El votante moderado —aquel que en su momento se identificó con opciones de centro como la de Fajardo— hoy se siente abrumado y prefiere el repliegue apolítico antes que el conflicto. Ante tanta hostilidad en el ecosistema mediático, la tendencia natural de este sector es la abstención.

En conclusión, si la campaña de Abelardo no logra fidelizar el centro de forma coherente y sin canibalizar su propia esencia, y si el ruido político termina por paralizar al electorado independiente, la elección dejará de ser una batalla de opinión para definirse en el terreno puramente operativo. Si se diera un escenario de baja participación generalizada, donde la abstención efectiva opere como un factor de peso a favor, el voto estructural y el despliegue estratégico de las maquinarias del gobierno podrían terminar inclinando la balanza de manera definitiva a favor de Cepeda.

Debemos esperar; por ahora, solo estudio tendencias y estrategias