Luis Felipe Narváez — Docente Universidad Surcolombiana, sede Pitalito
Ayer salió en redes una noticia que se viralizó instantáneamente: una concejala que hoy tiene aspiraciones a la alcaldía fue atacada a través de una narrativa basada en sucesos de la vida íntima, amorosa y privada. Se trata de una clara estrategia de desacreditación pública en la que se borra deliberadamente la frontera entre lo privado y lo público para anular a la contendora.
¿Por qué no se mide con la misma vara la acción en un hombre? ¿Por qué la vida íntima de los hombres alrededor de ella en la representación pública no afecta su integridad?. Seguramente, si estuviéramos en los zapatos de un dirigente masculino, el comentario social festejaría la conducta: "se acostó con la esposa de tal, es un berraco", "!todo un barón¡", "ese man con esa pinta tumba al que sea". En cambio, cuando se trata de una mujer, el criterio social converge de inmediato en despojarla de su dignidad y cuestionar su idoneidad moral. "
Vivimos en una sociedad patriarcal, entendida precisamente como un sistema político donde las mujeres ocupan un estatus social y político subordinado. Como describe la antropología, en estas culturas los roles de género marcan una división tajante: los hombres pertenecen al espacio "público, asertivo y sexual", mientras que las mujeres son confinadas como «criaturas privadas». Esa dominación busca coartar el disfrute y la autonomía sobre su propio cuerpo, frenando su emancipación mediante la violencia física o, en este caso particular, mediante la lapidación de su dignidad pública.
Cuando una mujer irrumpe en el escenario del poder, el machismo busca devolverla al encierro doméstico sometiendo su cuerpo y sus afectos al escarnio comunitario, hoy instantáneo a través de las redes sociales, utilizando cualquier vínculo íntimo como pretexto para cerrarle el paso y vulnerar su autonomía como derecho humano fundamental.
Frente a esta lógica de dominación, es indispensable defender la legitimidad de las decisiones individuales como un asunto que pertenece estrictamente a la esfera privada y a la libertad ciudadana. La concejala merece un respaldo firme a sus derechos constitucionales y políticos como aspirante a la alcaldía, como servidora pública y, ante todo, como mujer.
Es hora de que la contienda electoral en Pitalito abandone el barro personal y se eleve hacia la discusión rigurosa de ideas, programas y proyectos de municipio.
Se puede disentir profundamente de sus posturas, pero la decencia democrática exige desterrar el chantaje moral y levantarse contra el prejuicio patriarcal. Concejala: no la conozco, pero le tiendo mi mano de amistad; en estos momentos tiene mi apoyo, aunque nos encontremos en orillas políticas muy distantes y diferenciadas.