Escrito por Wilfred Trujillo Trujillo*
Pensar el futuro del Huila nunca ha sido un ejercicio teórico ni un lujo académico. Es una responsabilidad moral. Cuando hablamos del año 2050 no estamos hablando de un número lejano, estamos hablando del agua que beberán nuestros hijos, de las carreteras por donde se moverá nuestra economía, de la seguridad de nuestras viviendas frente a un clima cada vez más impredecible, de las oportunidades que tendrán los jóvenes de este territorio que amamos. Por eso, cuando la Asamblea Departamental convocó el Foro Huila 2050, entendí que no se trataba de sumar un evento más al calendario institucional. Se trataba de abrir una conversación seria y honesta sobre el rumbo que queremos tomar.
Como diputado, he insistido en que el desarrollo no se construye desde un escritorio. Se construye escuchando. Viéndole la cara a la gente, recorriendo veredas, conversando con los líderes comunales, con los productores que madrugan, con las mujeres que gestionan los acueductos veredales, con los jóvenes que sueñan con quedarse aquí y no irse por falta de oportunidades. Es desde esas voces que debemos planear el Huila del 2050.
El foro de este viernes será un punto de partida, no un acto simbólico. Allí se pondrán sobre la mesa algunas de las preguntas más decisivas para nuestro futuro. La primera tiene que ver con la sostenibilidad del territorio. El Huila ha sido históricamente una región bendecida por el agua, pero también golpeada por eventos extremos que se vuelven más frecuentes y más severos. No podemos seguir tomando decisiones sin información científica, porque las consecuencias se sienten en la agricultura, en los acueductos rurales, en los deslizamientos que ponen en riesgo a cientos de familias. La planificación territorial debe integrar la realidad geológica y climática del departamento. Entender dónde sí podemos construir y dónde no, qué zonas debemos proteger y qué áreas tenemos que transformar con responsabilidad.
Otro debate fundamental será el del agua. En un departamento que depende del buen manejo de sus fuentes hídricas, necesitamos fortalecer a las juntas administradoras de acueductos veredales, que muchas veces hacen milagros con presupuestos mínimos. Allí está la verdadera defensa del territorio. Allí se define si vamos a tener agua suficiente en 2030 o si vamos a lamentar decisiones tardías.
El segundo gran eje del foro será la productividad. Llevo años escuchando la misma preocupación en el sur, en el centro y en el norte del departamento. Los productores sienten que venden esfuerzo, pero no venden valor. Tenemos café reconocido en todo el país, cacao con calidad de exportación, ganadería sostenible, frutales, piscicultura y una diversidad agrícola envidiable. Sin embargo, la mayoría de estos productos siguen saliendo del Huila como materia prima y regresan transformados desde otras regiones del país. Esa ecuación no es sostenible para nuestra gente. Si queremos un Huila competitivo y justo, debemos tomar la decisión de industrializar la producción rural, de agregar valor en origen y de dejar de depender exclusivamente de grandes mercados que fijan precios sin mirar el esfuerzo que hay detrás de cada cosecha.
La transición energética también será clave. El gas natural tendrá un papel en este proceso y debemos decidir cómo aprovecharlo para que genere empleo local, mejore la calidad de vida y permita avanzar hacia tecnologías limpias sin sacrificar la competitividad de nuestras empresas. Cualquier transición que deje por fuera a la gente, que excluya a los jóvenes o que no forme talento desde las escuelas y las universidades, está condenada a fallar.
El tercer bloque del foro abordará la infraestructura, la ciencia y la gobernanza. Y aquí quiero detenerme. Nuestro departamento no puede seguir dependiendo de obras aisladas o de proyectos que cambian cada cuatro años. Necesitamos corredores logísticos que conecten regiones, vías que reduzcan costos de transporte, conectividad digital que llegue a las veredas y un sistema urbano rural integrado que articule a Neiva, Pitalito, Garzón y La Plata. Esta visión policéntrica es la única forma de distribuir las oportunidades y reducir las desigualdades territoriales.
Pero nada de esto funcionará si no mejoramos la forma como tomamos decisiones públicas. Por eso, uno de los compromisos más importantes que saldrá del foro será el seguimiento ciudadano. Cada seis meses deberemos revisar qué se avanzó, qué se cumplió y qué debe corregirse. La planeación solo funciona si es transparente, revisable y medible.
Al final, lo que está en juego no es un documento ni un listado de proyectos ni una agenda técnica que termine archivada. Lo que realmente está en juego es el Huila que queremos entregar, el territorio que heredarán nuestros hijos y la forma como elegimos enfrentar los desafíos que ya nos están alcanzando. Por eso, mi posición como diputado es clara y firme. Este ejercicio no puede quedarse en una conversación bien intencionada. Debe convertirse en una hoja de ruta construida con la gente, nutrida por la experiencia de quienes habitan el territorio y sostenida por la participación de quienes saben lo que significa vivir entre montañas, ríos, cultivos, barrios y veredas. No puede ser una visión impuesta ni un acuerdo entre pocos ni un conjunto de ideas desconectadas de la realidad. Tiene que ser un compromiso colectivo que nos permita caminar hacia el 2050 con responsabilidad, con propósito y con la certeza de que cada decisión tomada hoy evitará que ese futuro sea un salto al vacío. Si queremos un territorio fuerte y justo, debemos empezar a recorrer ese camino desde ahora, con la convicción de que planear no es frenar, sino avanzar con inteligencia.
Creo profundamente en la capacidad del pueblo huilense para soñar y para transformar, incluso cuando las circunstancias parecen adversas. Lo he visto en las veredas más apartadas, donde las comunidades se organizan para sostener sus acueductos con una disciplina admirable. Lo he visto en los jóvenes que desarrollan proyectos de innovación con recursos limitados, pero con una creatividad que no conoce fronteras. Lo he visto en los productores rurales que se reinventan cuando el clima cambia o cuando el mercado los obliga a empezar de nuevo. Lo he visto en los líderes que defienden el agua con convicción, con respeto y con un amor sincero por este territorio. Esa fuerza colectiva, silenciosa y persistente, es la que me convence de que el Huila tiene todo para construir un futuro mejor, siempre y cuando ese futuro se piense con la gente y no a espaldas de ella.
Por eso insisto en que el Huila del 2050 no será producto del azar. Será producto de nuestras decisiones presentes, de la forma como entendamos el territorio que habitamos y de la responsabilidad con la que asumamos los retos que vienen. Si tenemos la valentía de mirar lejos, de planear con seriedad y de actuar con compromiso, podremos avanzar hacia un futuro más justo, más seguro y más próspero. Un futuro donde el agua esté protegida, donde la producción rural tenga valor real, donde los jóvenes encuentren oportunidades sin tener que irse y donde las obras públicas no dependan del capricho de cada periodo de gobierno.
Nuestro territorio merece más que promesas sueltas. Merece decisiones valientes, acuerdos amplios y compromisos que se cumplan. El futuro no se improvisa. Se escucha, se acuerda y se cumple. Y este es el momento de empezar a hacerlo juntos.