Por Felipe Narváez*
En Garzón, el desfile de carrozas sanpedrinas es más que un simple espectáculo. Es una explosión de color y de mitos, de leyendas que cobran vida con una belleza incontrolable y una autenticidad palpable. Es un testimonio de la imaginación popular que florece sin coacción, un tapiz de creatividad espontánea tejido por las propias manos de la comunidad. En esencia, la festividad se convierte en un ritual de cohesión social, un reencuentro colectivo en el espacio público para reafirmar el sentido de pertenencia.
Contrastemos esta imagen con lo que, con una mueca de disgusto, se ha presenciado en Pitalito. Allí, las decoraciones de las carrozas, importadas de Nariño, no solo ofenden a la inteligencia y a la creatividad de los laboyanos, sino que atropellan su sentido de identidad. Lo que se observa es la anulación del espíritu cultural en aras de la conveniencia del contrato. Es el triunfo de la "cultura de lo fácil", un atajo que evita el esfuerzo disciplinado de los colectivos culturales y comunitarios, sacrificando la cohesión que solo las expresiones genuinas pueden brindar.
Esta tristeza que se cierne sobre el Valle de Laboyos es más que una simple desilusión festiva. Es un síntoma de algo más profundo: la erosión de los lazos que nos definen como pueblo, fracturado en su esencia más íntima: la cultura. Como observó el sociólogo Zygmunt Bauman, la comunidad no es un dado, sino un tejido que se construye y se mantiene. La verdadera cohesión no se compra ni se importa; se forja en los contextos y expresiones culturales que nos son propios.
Parafraseando a Bauman, "si la comunidad ha de existir en un mundo de individuos, debe ser una comunidad tejida a partir del compartir y el cuidado mutuo, una comunidad de preocupación y responsabilidad por el derecho de todos a ser humanos y la capacidad de ejercer ese derecho" (Comunidad: En busca de seguridad en un mundo hostil). La festividad, en su forma más pura, es uno de esos hilos que tejen la red. El desfile de Garzón lo demuestra con creces. Lo de Pitalito, en cambio, nos recuerda que una fiesta despojada de su memoria histórica —de los elementos simbólicos compartidos que son la esencia de nuestra identidad cultural— no es más que una fachada hueca. No es un ritual para ser vivido y sentido en el alma colectiva, sino un mero espectáculo para ser consumido.
*Docente USCO