Ayer dejé el coche mal estacionado frente a un garaje, a solo veinte metros de una estación de policía. El dueño de casa, en lugar de recurrir al agente que tenía al lado —una opción cívica y sencilla—, optó por escribir un letrero inmenso con marcador agresivo en el capo. Este pequeño incidente, trivial en apariencia, es un síntoma de una disfunción mayor: la normalización de lo que podríamos llamar la Cultura del Atropello. ¿Qué lleva a una persona a preferir la confrontación y la agresión física al diálogo, el insulto a la norma, y la intolerancia al respeto? La respuesta, me temo, se encuentra en una lógica cultural que ha permeado nuestra sociedad mucho más de lo que estamos dispuestos a admitir.
Aunque un historiador erudito podría rastrear los orígenes de esta conducta hasta la violencia de la Conquista y la Colonia, para nuestro propósito basta con retroceder a la década de los ochenta. Fue entonces cuando las ciencias sociales comenzaron a analizar un nuevo ethos modelado por una élite económica surgida del narcotráfico. Bajo su lógica, todo —y todos— tenía un precio. La dignidad humana deja de ser un valor intrínseco; los rostros se convierten en una mercancía más, disponible para el consumo.
El ensayista Omar Rincón ha denominado a este fenómeno "narcocultura": una matriz de valores donde la ostentación, la violencia como atajo y el desprecio por la legalidad se convirtieron en modelos aspiracionales. Un arquetipo que singulariza este contexto es la
presencia de prostitutas —o "prepagos", en la jerga local— como acompañantes habituales, exhibidas no como personas, sino como trofeos que validan un estatus.
Esta cultura mafiosa, que puede parecer lejana y cinematográfica, es en realidad la expresión más descarnada de un modelo neoliberal extremo que ha permeado silenciosamente nuestra interacción cotidiana. Este escenario social particular crea las condiciones de posibilidad para que se exprese la Cultura del Atropello: la "paloterapia" como solución vecinal, el insulto como primera respuesta en el tráfico, la amenaza velada que envenena la convivencia o la bala "perdida" que nace de la intolerancia...
Este impulso violento se legitima a través de un lenguaje propio, una especie de orden terapéutico totalitario que se ha instalado en lo cotidiano. Como señala el sociólogo Jesús Alberto Valencia, el lenguaje puede construir realidades autoritarias que justifican la eliminación del otro. Así, expresiones como "hay que hacer limpieza social", "hay que eliminar a esos parásitos" o un simple "no sea gonorrea" dejan de ser metáforas y se convierten en un manual de instrucciones para la acción. La violencia se disfraza de sanación; el atropello, de terapia de choque.
En esta lógica, el disenso es una enfermedad que debe ser erradicada. Diego Fusaro argumenta que el orden neoliberal impone un "pensamiento único" donde no hay espacio para la discordia. El que piensa diferente no es un interlocutor, sino un obstáculo. Esta anulación del debate se extiende al totalitarismo de lo cotidiano: el discordante debe ser ignorado, agredido o eliminado. La imposibilidad del trámite cívico surge de la inexistencia del "otro" como sujeto. En su lugar, solo queda el objeto: la "prepago" como bien de consumo, el coche como una extensión sagrada de la propiedad, o el vecino como un potencial invasor...
"Nadie puede atropellar la dignidad sin envilecerse", escribe el filósofo Javier Gómá Lanzón. La Cultura del Atropello invierte esta máxima. Su justificación implícita, inspirada en la "modernidad líquida" de Zygmunt Bauman, es: "Puedo atropellar la dignidad del otro porque este no es un igual, sino una cosa fluida; hoy está, mañana no, y por lo tanto puede ser superado o sometido al instante". Es una lógica que se nutre de la arrogancia, de un estatus —real, relacional o imaginario— que se impone a través de la intimidación.
Así, la anécdota del coche mal estacionado deja de ser una simple molestia para convertirse en el reflejo de una sociedad que ha internalizado la agresión como lenguaje. Se ha vuelto una expresión cultural de valor social, encapsulada en frases como "yo no me dejo huevonear de nadie" o "a mí nadie me la monta". La lógica del narco —"plata o plomo"— se ha transfigurado en una versión cotidiana y aparentemente menor: el atropello, como una salida ciega y antidialógica. Vivimos con el temor latente a ese ejercicio momentáneo de poder, ejercido por un cualquiera sobre otro cualquiera. Y en el silencio de los que escapamos "bien librados", reside la complicidad que ha permitido que esta cultura se legitime, hasta convertirse en una acción social presente en millones de interacciones cotidianas en Colombia.
Autor: Felipe Narváez - Docente Universidad Surcolombiana.
Referencias Bibliográficas
- Bauman, Z. (2003). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
- Fusaro, D. (2019). Pensar diferente: Filosofía del disenso. Ediciones Fiel a la Razón.
- Gómá Lanzón, J. (2019). La imagen de tu vida. Galaxia Gutenberg.
- Rincón, O. (2009). Narcoestética y narcocultura en narcolombia. Revista de Estudios Sociales, (33), 12-23.
- Valencia Rojas, J. A. (2014). Violencia, lenguaje y periodismo: reflexiones desde la sociología del lenguaje. Revista Colombiana de Sociología, 37(1), 133-156.