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Por Wilfred Trujillo Trujillo 

Lo que hoy ocurre en muchos territorios del departamento del Huila no puede seguir normalizándose como si fuera parte natural de la política. El pasado domingo 8 de marzo, durante las elecciones al Congreso de la República, queda nuevamente en evidencia una práctica que durante años ha debilitado nuestra democracia: la compra de líderes y la utilización de las mal llamadas maquinarias electorales para manipular la voluntad de las comunidades. No es un secreto. En cada campaña electoral aparecen las mismas estructuras, los mismos operadores y los mismos mecanismos que convierten el voto en una mercancía. Algunos dirigentes comunitarios, que deberían representar las necesidades de sus barrios, veredas y corregimientos, terminan convertidos en intermediarios electorales, en piezas de negociación donde el respaldo político se ofrece al mejor postor. Lo preocupante no es solamente que esto ocurra; lo verdaderamente grave es que muchos pretenden que lo aceptemos como si fuera una práctica normal de la política. No lo es, y no podemos permitir que lo siga siendo.

Lo que se vió el pasado domingo en distintos municipios del departamento confirma la existencia de un modelo político que se alimenta de recursos, de estructuras organizadas y de lo que muchos llaman con total naturalidad “maquinarias electorales”. Pero detrás de ese término aparentemente técnico existe una realidad profundamente preocupante: redes de intermediación política donde algunos liderazgos comunitarios dejan de representar a la gente para convertirse en operadores de votos. Esto ocurre en distintos lugares del departamento y genera discusiones en territorios como el corregimiento de Bruselas, perteneciente al municipio de Pitalito, donde hoy muchos ciudadanos se preguntan si el liderazgo comunitario está siendo utilizado para defender a la comunidad o simplemente para sumar votos en temporada electoral. Esa es la pregunta que hoy recorre muchos territorios: cuando estos líderes regresan a las comunidades después de las elecciones, ¿regresan con gestión o regresan con olvido?

Porque la experiencia de muchos ciudadanos es clara. Durante la campaña aparecen reuniones, promesas, visitas constantes y movilización en barrios, veredas y corregimientos. Se habla de proyectos, de inversiones y de soluciones para los problemas históricos de los territorios. Pero cuando pasan las elecciones, muchas veces el silencio vuelve a instalarse en las comunidades. Los líderes desaparecen, las promesas se diluyen y los territorios vuelven a quedar enfrentando solos sus dificultades. Los problemas siguen intactos y la política vuelve a mostrar su peor cara: la de quienes solo aparecen cuando necesitan votos. Esa es la sensación que hoy queda en muchas comunidades del Huila, donde cada proceso electoral deja la misma pregunta en el aire: si la política llega para transformar los territorios o simplemente para utilizarlos.

Este fenómeno no es nuevo. Durante años la política colombiana ha convivido con estructuras que priorizan los recursos sobre las ideas, la capacidad de movilización sobre la gestión y la fuerza de las maquinarias sobre el verdadero liderazgo social. El problema es que cuando la política funciona así, la democracia comienza a perder su sentido. El voto deja de ser una decisión libre basada en propuestas y se convierte en el resultado de acuerdos que nada tienen que ver con las verdaderas necesidades de la gente. Cuando esto ocurre, el ciudadano pierde. Pierde porque su voz queda atrapada entre intereses políticos, pierde porque su territorio termina representado por agendas que muchas veces no responden a su realidad y pierde porque la política deja de ser una herramienta de transformación para convertirse en una simple operación electoral.

Ese es el riesgo que hoy enfrenta nuestra democracia. Y ese riesgo se vuelve aún más evidente cuando en los territorios empieza a instalarse una idea peligrosa: que las elecciones no se ganan con ideas ni con trabajo social, sino con estructuras políticas capaces de comprar apoyos y movilizar votos. Cuando esa percepción se fortalece, la confianza en las instituciones se debilita, la participación ciudadana disminuye y la frustración crece entre quienes sienten que su voto pierde valor frente a las maquinarias electorales. Poco a poco la democracia comienza a perder legitimidad, y cuando eso ocurre se abre un escenario profundamente preocupante para cualquier sociedad.

Por eso lo que se vivió el pasado domingo en distintos territorios del Huila no puede ser visto como un simple episodio electoral. Debe ser un momento de reflexión colectiva sobre el tipo de política que estamos permitiendo en nuestros territorios. Porque la política no puede seguir siendo un negocio electoral. La política debe ser una herramienta de representación y de gestión para las comunidades. Debe ser un espacio donde los liderazgos nacen del trabajo social, del compromiso con el territorio y de la capacidad de construir soluciones para los problemas reales de la gente. Cuando algunos liderazgos se utilizan únicamente para movilizar votos, esa esencia desaparece. El liderazgo pierde su propósito, la representación pierde su legitimidad y la democracia pierde su fuerza.

Hoy más que nunca es necesario hacer un llamado claro a los ciudadanos del departamento del Huila. No podemos seguir permitiendo que el liderazgo comunitario sea utilizado como una simple ficha electoral. No podemos seguir aceptando que el voto sea tratado como una mercancía ni que las comunidades sean vistas como territorios donde se compran apoyos para ganar elecciones. Los territorios del Huila tienen una historia de liderazgo social y de participación ciudadana que merece ser defendida. En cada municipio, en cada corregimiento y en cada vereda existen hombres y mujeres que trabajan todos los días por sus comunidades sin esperar recompensas políticas. Ellos representan el verdadero liderazgo y la verdadera política, la que se construye con compromiso, con presencia en el territorio y con resultados concretos para la gente.

Precisamente por ellos no podemos permitir que las maquinarias electorales sigan definiendo el futuro de nuestros territorios. Las comunidades tienen memoria y saben reconocer quién aparece solamente en campaña y quién realmente regresa con gestión. Saben quién utiliza los territorios como plataformas electorales y quién trabaja permanentemente por resolver los problemas de sus comunidades. La democracia se fortalece cuando los ciudadanos hacen valer su voto, cuando exigen transparencia y cuando rechazan las prácticas que intentan manipular su decisión. El pasado domingo deja muchas lecciones para el país y para el Huila, pero quizás la más importante es que la democracia solo se mantiene viva cuando los ciudadanos están dispuestos a defenderla. Porque cuando la política se convierte en un negocio electoral, la democracia pierde, y cuando la democracia pierde, perdemos todos. Por eso hoy el mensaje debe ser claro y contundente: el liderazgo no se compra, el voto no se vende y la democracia no se negocia. La democracia se respeta y, sobre todo, se defiende.