Texto tomado de la revista Pacto

En Colombia la política no solo se hereda en las ideas, también en los apellidos. La trayectoria de la senadora Paloma Valencia permite observar cómo ciertas familias han atravesado siglos de historia concentrando poder económico, político y cultural. Su origen está profundamente ligado a la ciudad de Popayán, uno de los centros históricos de la élite criolla desde la época colonial.
Popayán, conocida por su arquitectura colonial y por los apellidos tradicionales que dominan su historia política, fue durante siglos uno de los núcleos del poder económico del suroccidente colombiano. Allí se consolidaron familias terratenientes que controlaban minas, haciendas y redes políticas desde la época del Virreinato.
Uno de los primeros miembros del linaje fue Pedro de Valencia y Aranda, un hidalgo español que llegó a Popayán en 1695. Su familia consolidó poder económico con la minería y la propiedad de haciendas. Su hijo, Pedro Agustín de Valencia, participó en la fundación de la Casa de Moneda local y acumuló una enorme fortuna. Con el paso de las generaciones, la familia obtuvo incluso reconocimiento nobiliario: uno de sus descendientes recibió el título de Conde de Casa Valencia otorgado por el rey Carlos IV de España.
Así comenzó una dinastía que atravesó los siglos combinando riqueza, influencia política y prestigio cultural.
El bisabuelo poeta y político
Una de las figuras más influyentes del linaje fue Guillermo Valencia Castillo, bisabuelo de Paloma Valencia. Nacido en Popayán en 1873, fue un reconocido poeta modernista y un destacado dirigente del Partido Conservador Colombiano.
Educado en ambientes clericales, Valencia fue formado por sacerdotes en el seminario, donde estudió griego, latín y francés. Su obra literaria estuvo profundamente marcada por el catolicismo y la tradición hispánica. De hecho, varias interpretaciones académicas señalan que algunos de sus poemas constituyen defensas explícitas de la fe cristiana.
Sin embargo, su papel histórico no se limitó a la literatura. Valencia también fue gobernador del Cauca, senador y candidato presidencial en dos ocasiones. Representó a una élite conservadora profundamente arraigada en la propiedad de la tierra.
El choque con el movimiento indígena
El periodo en el que vivió Valencia coincidió con uno de los momentos más intensos del conflicto agrario en el Cauca. A comienzos del siglo XX, hacendados y terratenientes avanzaban sobre territorios indígenas mediante mecanismos legales que debilitaban los resguardos.
En ese contexto emergió la figura de Manuel Quintín Lame, líder indígena nasa que encabezó un movimiento de resistencia contra el sistema de terraje, una práctica que obligaba a comunidades indígenas a trabajar gratuitamente para los hacendados a cambio de permanecer en tierras que históricamente les pertenecían.
Quintín Lame, autodidacta y profundo conocedor de la legislación de su tiempo, organizó desde 1910 un movimiento jurídico y político para recuperar tierras comunales y defender la existencia de los resguardos indígenas.
Sus acciones provocaron una fuerte reacción de las élites regionales. Investigaciones académicas y testimonios históricos indican que Valencia fue uno de los principales opositores de Lame. El líder indígena fue encarcelado decenas de veces y perseguido por autoridades locales.
La escritora María Mercedes Carranza citó investigaciones académicas sobre este episodio histórico, señalando que Valencia solicitó incluso el destierro de Lame, después de humillaciones públicas contra el líder indígena.
La confrontación simboliza dos proyectos históricos enfrentados: la defensa de la propiedad terrateniente y la lucha indígena por la tierra y la autonomía.
Dos Colombias frente a frente
Quintín Lame pasó más de cien veces por la cárcel. A pesar de la persecución, su pensamiento dejó una huella profunda en el movimiento indígena colombiano.
Décadas después, sus ideas inspiraron el surgimiento del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), fundado en 1971, que lo reconoce como uno de sus principales referentes históricos.
El historiador Renán Vega Cantor ha descrito el legado de Lame como el origen del “despertar indígena en Colombia”, un proceso que finalmente tendría reconocimiento jurídico en la Constitución de 1991 al declarar al país como pluriétnico y multicultural.
La continuidad de la dinastía
El poder político del linaje Valencia no terminó con el poeta. Su hijo, Guillermo León Valencia, llegó a la presidencia del país entre 1962 y 1966 durante el periodo del Frente Nacional.
Durante su gobierno se desarrolló la llamada Operación Marquetalia, una ofensiva militar contra comunidades campesinas que posteriormente daría origen al surgimiento de las FARC.
Otros miembros de la familia también ocuparon posiciones influyentes. Josefina Valencia fue la primera mujer ministra del país. Por el lado materno, el abuelo de Paloma Valencia, Mario Laserna Pinzón, fundó la Universidad de los Andes.
La tradición familiar continuó con su padre, Ignacio Valencia López, quien también fue congresista.
El debate contemporáneo
En 2015, Paloma Valencia generó una fuerte controversia al afirmar en redes sociales que “las tierras del Cauca son de sus dueños legales” y que las acciones indígenas constituían “invasiones”. Ese mismo año propuso dividir el departamento del Cauca en dos entidades administrativas: una indígena y otra mestiza.
La propuesta provocó críticas de organizaciones como la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) y del CRIC, que la interpretaron como una propuesta segregacionista. Valencia defendió su posición como una discusión sobre autonomía territorial.
Historia que sigue abierta
Más allá de la polémica política actual, la historia del linaje Valencia refleja una constante del Cauca: la disputa por la tierra, la autoridad y la identidad.
De un lado, las élites terratenientes que dominaron la región desde la colonia; del otro, los pueblos indígenas que durante más de un siglo han luchado por preservar sus territorios y su autonomía.
Comprender esa historia no es un ejercicio de confrontación, sino de memoria. Porque muchos de los conflictos del presente —especialmente en regiones como el Cauca— tienen raíces profundas que se remontan a siglos de desigualdad, resistencia y poder.