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19 Octubre

El problema de las drogas

Escrito por  DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ

 

El cultivo, la producción y la comercialización de las drogas ilícitas no tiene ninguna justificación. Su acción criminal es tan evidente, que en nuestras calles vemos morir lentamente a miles y miles de nuestros jóvenes. Por lo tanto su represión en toda la cadena productiva ha de ser vertical, intransigente, despiadada. Y deben cambiar las relaciones con los países que fomentan de alguna manera su consumo. Exigir a los consumidores coherencia en sus políticas y rechazar la hipócrita política de señalar a los productores como los culpables del problema, porque a ellos les interesa el problema solo desde el punto de vista de la fuga de divisas.

 

En la nefasta escala de los consumidores de drogas Estados Unidos, España e Inglaterra marcan los más altos índices. Por lo menos, según informe de las Naciones Unidas, tres de cada diez ciudadanos son consumidores de cocaína; por lo tanto es un mercado atractivo para los grupos inescrupulosos que ponderan su visión desde los dóllares que puedan ingresar a sus arcas, y poco o nada hacen para reducir esa capacidad de compra.

 

En Colombia la producción de hoja de coca aumenta cada año haciéndose prácticamente imposible controlar su siembra y explotación, dejando secuelas profundamente dañinas en la estructura social, en la producción de alimentos, en el medio ambiente. Pero también las mafias de narcotraficantes mantienen una amplia campaña por aumentar el consumo nacional, que ya va en 0.13 de cada diez personas como consumidoras.

 

La guerra contra las drogas en el país no ha tenido tregua desde cuando los famosos “Cuerpos de paz” de la Alianza para el Progreso enseñaron a nuestros campesinos a procesar la hoja de coca para extraer el alcaloide y a cultivar la planta del cannabis. Millones y millones de recursos se han invertido, miles y miles de muertos se han puesto, en una época los más connotados líderes de la nación fueron asesinados, las mafias han corrompido todas las estructuras de la nación, y el discurso ha sido el mismo, dictado desde las metrópolis consumidoras, sin una política autónoma que elimine el origen de la producción y los canales de la comercialización, de allí el fracaso en las políticas de represión, pagando el plato el eslabón de la cadena más frágil: los cultivadores.

 

Nada justifica el cultivo, la producción y distribución de alcaloides, pero reprimir a los cultivadores no soluciona el problema, mientras los grandes capos se esconden tras sus camisas de seda y sus lujosas mansiones en los lugares exclusivos de nuestras ciudades, quienes financian las excentricidades de políticos ambiciosos, cadena irrompible que al parecer el estado no está en condiciones de combatir. Es lamentable que el narcotráfico haya invadido la mentalidad de nuestra población por el dinero fácil y el lujo suntuario, mientras que las políticas represivas parecen pañitos de agua para una cefalea migrañosa.  

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