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03 Septiembre

Macondo

Escrito por  DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ

Dónde está Macondo, sitio de encuentro, con sus lomos de colores y los nombres de los consagrados, un rincón de los poetas, estantes agobiados, aquellos soñadores que expiraban intranquilos por no conseguir que sus dislocaciones fueran en letras de molde. Macondo se perdió entre los años desvencijados de esta ciudad, entre sus calles rectas de oculta cofradía, bajo los aleros dormidos que destilan lágrimas de bruma, entre las iglesias ortodoxas de fieles moqueantes, entre la discusión egoístas de un país desinformado.

Macondo se perdió en el sofisma intemporal y sacrosanto, la vimos cerras sus puertas golpeando las narices porque nadie venía, porque los libros no cabían bajo el brazo, porque las cosas fueron cargadas por el Egido, y era imposible dejar el valor debajo de las puertas. Nosotros veníamos a ver a Macondo para confesar nuestros pecados; siempre allí había un monje que absolvía: Giovanny Quessepe, Luciano Rivera, Gloria Cepeda; y los novicios: Felipe García, Marco Antonio Valencia, el negro Elvio Cáceres, César Sambony. Era cómplice la noche, se ventilaban las noticias, el silencio se paseaba desnudo tras los estantes sombríos. Íbamos los que nunca hablábamos, y los que guardaban rencillas, los que tras un cigarrillo preferían el tirabuzón de una desdicha.

Omar Lasso mantenía la compostura frente a los versos mal hechos, frente a las frases de asonancia gramatical, frente a  los textos de ingenuidad proscrita; guardaba silencio ante la pobreza literaria cernida con el genio de la infancia, y las muchas lecturas por explorar, el paseo por el camino de los libros que iba quemando en los contubernios malditos de una ciudad que no sabe cuidar de su futuro, por anclarse en los pasos diletantes de las sombrías tardes de lluvia. Sin saberlo el Banco de la República minó la nostalgia de los libros y las facturas por pagar; sin saberlo una vena secreta desangraba el olor a papel nuevo, a impresión decorosa, y se llevaba tras la espalda la locuacidad de tantos hombres y mujeres que venían por su gotera a insistir en el baril de una piedra fina.

Nosotros éramos confesos. Prosélitos de una religión tejida en la penumbra. En particular no acolitaba las cofradías secretas que confluían en Macondo. Macondo estaba sentenciada a morir porque conspiraba en esta urbe que se pierde más allá de los puentes de calicanto. Moría porque la nueva ciudad se desborda hasta los confines augustos de un nuevo futuro, para silenciar las calles de cascajo que Guillermo Valencia paseaba impertérrito, y que su hijo Pio dejaba por anclar en los sueños de un comunismo práctico. Esta ciudad de tanto presidente, de damas orgullosas que nombran sus confianzas con diminutivos, la pailita del helado, la vitrinita del tamal y la empanadita.

A Macondo la añoramos. A su clientela esporádica y cinematográfica. A los dorsales acostados que duermen bajo sus aleros, a quienes vimos esporádicos y murieron, a un gran maestro sin pretensión Como Donaldo, de quien se aprendió la duda y la humildad. Ojalá los recuerdos perduren sin la cruz de la depredación a que nos acostumbró don Sebastían de Belalcazar.

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