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10 Septiembre

Por qué nos odiamos tanto

Escrito por  DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ

 

Nos odiamos desde siempre. Desde antes de que pensaran en este nombre: ¡Colombia! Nos odiamos por patirrajaos, unos; por culiapretados, otros. En esos términos, tan primitivos, nació nuestro odio. También nacieron los partidos. Fue lo que impidió que el Libertador bajara tranquilo al sepulcro. En tiempo, no se sabe cuánto hace que nos odiamos, tal vez desde siempre, desde que asomamos las narices por la vagina sagrada de nuestras madres. Ni siquiera eso impide incubar el odio, sabiendo que venimos de la misma forma; sabiendo que nos vamos de idéntica manera.

 

No hay explicación para que nos odiemos tanto como para matarnos. Los teóricos argumentan que la tierra o la industria, pero la gran mayoría, tan ignorantes, la única tierra que tenemos es la que llevamos en las uñas, en el ombligo o en nuestros calcañales; ya, para la mayoría, no alcanza ni siquiera para cavar una sepultura; los meten en osarios diminutos, los vacían en basureros o los más románticos son esparcidos al viento en una de las cumbres de andinas. Y la industria, nos tocan el hollín de las chimeneas; con el nauseabundo olor de los residuos de las maquilas; con la putrefacción de las aguas residuales.

 

Y nos seguimos odiando: por los partidos, por la religión, por los colores, por el equipo de fútbol como otra forma de dividirnos. En mi pueblo, La Plata, Carlos Ibatá, un liberal de puro rojo, pudo sentarse con los Castañeda, tan godos como la tinta de marcar las petacas, y formaron una agrupación musical para salir juntos a gozarse el San Pedro. Notaron que no había diferencia, que a ambos les gustaba el chirrincho y, que cuando elegían, a ambos les iba lo mismo. Hoy están ahí las mismas condiciones, ¿porque no podemos discutir sin disparar?

 

Somos el país de las guerras, de las violencias, y no aprendemos. Nos matamos por lo mismo, argumentando la guerra como derecho universal. Nuestro canibalismo desenfrenado nos lleva a extirpar al contrario, a impedir que se manifieste, nuestra democracia está diseñada para alternar mafias, para atropellar ideas, para enterrar los sueños. No podemos ponernos de acuerdo en cosas tan elementales como que tenemos la misma nacionalidad, que somos de las mismas raíces, que la sangre que corre en nuestras venas es la misma y que se conecta con los mismos ríos.

 

Por eso incitamos al odio desde la tribuna del parlamento con suma irresponsabilidad; lo hacemos desde el púlpito sin sonrojo invocando a un Dios de la vida para decir que otros, por sus comportamientos, por sus ideas, hasta por la forma de enamorarse, no tienen derechos sobre la faz de esta tierra que a todos nos ha parido. Ojalá, un día, amanezca más temprano, y nos quede tiempo para mirarnos a los rostros para advertir que no tenemos ninguna diferencia, que nos unen los colores y las razas, los credos y las ideas, las ambiciones y los sueños, si queremos ser una nación de todos. Ojalá, un día, sintamos vergüenza por las generaciones próximas que prolijeamos y dejemos de matarnos.

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