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31 Agosto

El libro

Escrito por  DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ

 

“Eso está en Internet”, pero sumergirse en un libro es ante todo ponerse en diálogo personal con el autor. Por lo demás, el libro, tiene el calor de las manos de quienes participan en su elaboración, la disposición del artesano que desvela su tiempo para encarnarse en cada etapa del diseño; cualquier libro, por sencillo que parezca, cuenta con el apoyo conjunto de muchos actores que dejan su impronta en cada una de sus partes, han cuidado con empeño cada espacio, cada aspecto; además del autor que deja sangre y vida en la elaboración.

 

Hoy los libros van por ahí, con la tristeza del desprecio, enredados entre los desobligantes respiros de quienes los odian, entrampados frente a quienes buscan sustituirlos por el valor de lo superfluo, con el decolorado discurso de que un día muy cercano van a desaparecer de la faz de la tierra. La política quiere anclarlo en un recodo vació de la playa o lanzarlo por el acantilado caprichoso del mar de la ignorancia, pero se niega a morir, resucita y se levanta generoso. Mecenas impróvidos acusan su dignidad, lo vuelven bandera, lo atornillan al somier de sus sueños para que vuele impertérrito, para que su génesis se renueve y vuelva a andar de la mano de los hombres y las mujeres que brillan con sus ojos de ansias y de vida.

 

En duermevela el libro se transmuta y respira con la idiosincrasia del ser omnipotente. De papiro a papel ha hecho su historia, la contiene, la transfunda; el libro, ese ser vivo bajo el brazo, espera ansioso el momento para desplegar sus alas de papel, para que el lector sueñe con lo más caro de sus ambiciones, con la paz y con la guerra, con el amor y la ciencia, con el Dios encumbrado de misericordia para recobrarnos los valores de una raza asentada en el único lugar posible. Del libro aprendemos y reaprendemos, universo borgiano cuando la ceguera parece obnubilar espejismos: es cuando aparece para aclarar el panorama: la vejez de una sociedad en el crepúsculo; con la voraz intención de volver sobre los hilos irrompibles de nuestra telaraña vital.

 

El libro no puede morir, la tentativa de asesinarlo es la más cruel osadía del demonio, matar el libro es volver a la primigenia pesadez del tiempo sin razón, es confluir en el ánimo artero de quienes un día quisieron ocultar que somos racionales; el libro nos da la libertad, la dignidad, la razón y la sinrazón, contrariedad fundamental de la conciencia para impedir la alienación total de nuestro espíritu. El libro por encima de ocultos intereses se mantiene y se mantendrá por Séculas, en el Seculorum indomable de que alguien con el fundamento agradecido de los años y los siglos pretenda desprenderlo, deshojarlo, arrancar su presencia.

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