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06 Junio

La Plata

Escrito por  DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ

 

Cuando don Diego de Ospina firmó el acta de fundación, La Plata ya existía. Testimonian las Crónicas de Indias que habitaban el Valle de Cambis más de diez mil personas. Los pocos españoles que llegaron, vinieron a contribuir con el mestizaje, a conformar la diferencia, la multiculturalidad, a aportar la lengua y la fe, la cosmovisión, la antropología. Ya estaba lo que somos, un acta no constituye, no enorgullece. Son las particularidades, los accidentes geográficos, la orografía, la caracterización física. Por fortuna fuimos puerto a lo inaccesible de los páramos: eso ya lo teníamos; por fortuna no nos lo impusieron.

Un cinco de junio se ordenó construir una iglesia, una plaza, un mercado. Pero ya estaba el río, estaban las quebradas; ya estaba el aire, la brisa refrescante y solariega que “Vienen del Coconuco, que vienen del Puracé” en inspirada nostalgia de Villamil. Las noches plateñas ya estaban allí, hasta el donaire de sus mujeres, esas redomadas señoras de sonrosadas mejillas, de atiborradas carnes, de deliciosos andar, de reposado hablar, hace los límites de un lugar imprescindible, tranquilo, reposado, histórico. Los plateños vimos la historia, la construimos, la aportamos, la vivimos. De aquí sorbimos el néctar de la libertad, con una rebeldía controlada que nos legaron los aborígenes, las razas, los Yalconas, los paeces, pero también los españoles y los negros que se negaron al hurto, a la rastrera simbiosis del resquebrajamiento mutual.

Tenemos un río, y eso nos basta. Un fértil valle, y eso nos basta. Nos bordea el macizo, y eso nos basta. El agua que nace para la patria desde las cumbres del Macizo, y eso nos basta. Somos riqueza, un entorno de aires y vientos que se cruzan para los microclimas del café, del plátano, de la yuca, del lulo, del maracuyá, de las naranjas, de las piñas, de las papayas, de la arracacha, de la granadilla, de la cebolla y la lechuga, del fríjol y el maíz. En nuestras praderas se asientan las vacas. Y eso somos, pujantes, sin complejos, trabajadores, emprendedores, solidarios. Llevamos el sentimiento de que bajo nuestros pies ondean mares de plata, con el mito de que los antepasados ocultaron la entrada al valle del tesoro, por eso cuidamos el suelo, cuidamos el agua y el aire, el rosado del nevado del Huila es templo que nos sostiene, es la columna que nos impulsa. Es la creación de Dios, por eso somos religiosos.

Es la tierra que nos vio nacer, nos dio la vida, ahí crecimos. Nos hace el honor de acogernos, la que nos llama al retorno porque habita en nuestras entrañas. De ella dependen nuestros afectos, en ella construimos nuestros amores, con lo que hizo de nosotros, siendo parte de su idiosincrasia, que está en la forma de dar nuestros pasos, de expresarnos, de vivir nuestra cotidianidad. Eso es ser plateño, extrañar la patria chica, la aldea, la vereda, el barrio, la calle, la riqueza de la gente humilde: las pequeñas cosas que forman la vida. Es más que una fecha, más que un símbolo. No lo llena un himno, ni la forma del escudo o el ondear de una bandera. Es el apego sempiterno por los cerros que escucharon nuestro llanto primero.

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