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12 May

García Márquez

Escrito por  LIBARDO GOMEZ SANCHEZ

 

Según la congresista más ignorante del país, María Fernanda Cabal, García Márquez se encuentra en el infierno, algo que al Nobel no le preocupaba. Aunado todo el esfuerzo humano, Gabo construyó una obra importante para lengua castellana que lo hace un escritor universal a pesar de la incomprensión, o la infalibilidad de la crítica generalmente proveniente de quienes no lo han leído, o, a duras penas han abordado frases aisladas de sus libros.

En particular, García Márquez es el más importante escritor de nuestra lengua del siglo XX y, uno de los más importantes de la literatura universal. Que vaya al infierno o no es asunto de dogmatismo religioso y del encuadramiento del estado después de la muerte, aunque si del cielo se trata, debería haberlo logrado por su compromiso frente a lo que significó su paso por la vida donde sufrió, luchó, gozó, y contribuyó a su entorno familiar hasta el sacrificio de su propio bienestar, al lado de una mujer insigne, Mercedes Barza.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas…”, es el inicio de un poema prolongado, la epopeya de los Buendía que lleva por la historia de la gran patria, Latinoamérica, confundida entre el mito y la realidad, el realismo caribeño y el sueño andino. De aquellos libros que se quedan en la memoria para siempre, incubado en la inquietud por lo que somos, por lo que hemos podido ser y no lo hemos sido.

Ahí se pone la obra de García Márquez en la estantería de lo incunable, la lectura obligada de la intelectualidad para resumir el corolario de mapa que vuela en alas de mariposa y se asienta en las huellas palmeadas de un oso, huella indeleble que da ciudadanía, identidad, orgullo, aunque tengamos algo de un infantilismo primigenio. Es la cultura y la antropología del hombre mestizo que no matricula geocentrismos porque el horizonte es amplio como los atardeceres fulgurantes de nuestras cumbres, o el indeterminado palpitar de una luna llena a la cabecera de nuestros inmensos valles.

Junto al Quijote, a la obra de Homero y Virgilio, en las lecturas obligadas de un alfabeta, lecturas repetidas incansables, García Márquez está en la configuración de la intelectualidad para quedarse por siempre entre estos recodos del conocimiento, con la versátil discusión de que todos tenemos “una segunda oportunidad sobre la tierra”, con nuestras contradicciones, con nuestras fronteras aleatorias, incluso con las creencias dogmáticas de que quien se atreve a cuestionar, merece el infierno. Gabo es el apócope de un gigante que resuella para arrancarnos la nostalgia de un tiempo que fue construido con el honor de la flaqueza, signo de este mundo que pasa, y solo queda impregnado en las piedras legendarias de Macondo como huellas digitales milenarias.

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