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11 Marzo

Carta Abierta al alcalde de La Plata

Escrito por  DIOGENES DIAZ CARABALÍ

 

Existe la pretensión, por lo menos manifiesta, de proponer a las fiestas de San Pablo y San Pedro como patrimonio cultural e inmaterial de la nación, desde luego loable desde todo punto de vista; un merecido reconocimiento en mora por parte de la nación a un evento particular y autóctono que da origen a lo que se conoce hoy como Fiesta Nacional del Bambuco. El hecho, de por sí, llama a buscar en las raíces del folklore local, en cómo se ha construido esa tradición, en cómo el acontecimiento festivo impacta, desde luego de manera positiva, el devenir cultural de la región, el apropiamiento y la dinámica antropológica de sus habitantes.

Vale tener en cuenta que las manifestaciones culturales mutan. Desde luego las influencias de otras regiones enriquecen y deterioran las propias. Los individuos se desplazan, ocupan un lugar vivo en el entorno, pero también traen consigo sus expresiones que añoran y sustentan, adhiriendo al desenvolvimiento propio de sus costumbres. Allí es donde el vecindario, entendido como unidad antropológica, de calibre sociológico y arquetípico, llama a que las manifestaciones originarias de alguna manera busquen su blindaje, las que en muchas ocasiones caen en lo dogmático, pero que desde la perspectiva de los creadores y promotores locales de las exteriorizaciones artísticas, culturales y autóctonas, tienen que garantizar su permanencia: ¡Aquí la autoridad educativa y cultural tiene su papel!

Si queremos que la economía cultural y del folklore se fortalezca, se dinamice, tiene que haber unidad de propósitos, que vincule sectores tan disimiles como las costumbres propias y las foráneas, pero en primer lugar que obligue a la foraneidad a incorporarse a lo que antropológicamente se ha construido en la localidad con el paso de los años, donde no prime la espectacularidad, sino lo que conserve los elementos básicos de la tradición. El San Pedro y San Pablo, el Inti Raymi para los Quechuas, las Fiestas del Bambuco como se le denomina hoy no surge del particular antojo. Surge de una tradición de siglos. Es una coincidencia de los dos hemisferios con variante locuaces, con autentico sentido festivo y exceso de color. El nuestro en particular es un motor de reconciliación: Así lo concibieron nuestros pioneros modernos: los organizadores de la fiesta, los copleros, los intérpretes de nuestra música, los danzadores de nuestros bailes.

Nuestras fiestas, como patrimonio cultural e inmaterial, no puede ser un antojo comercial que separe. Tampoco la caricatura de otras fiestas de otras geografías. Desde luego no pueden caer en lo chabacano y la cursilería mercantil de lo “popular”. Cada elemento de las fiestas nos debe identificar con dignidad, con la riqueza idiomática de nuestras gentes, con la artesanía locuaz de nuestras mujeres, con la participación indeclinable de nuestros niños y jóvenes, con la sonrisa calmada de nuestros viejos que sientan que han dejado una herencia. Debe ser ése el aporte de la actual generación, en este patrimonio de la nación y de la humanidad, y ése debe ser el motor filosófico que mueva la fiesta como identidad.

 

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