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03 Febrero

Poesía que reivindica

Escrito por  DIOGENES DIAZ CARABALÍ

 

Jesús Rodolfo Agudelo, profesor de Gigante (y digo profesor en todo el continente de la palabra, no en la desazón utilizada por los burócratas para referirse a alguien de “rango bajo” con la finalidad de concederle título), sorprende con dos títulos de su poesía: “Vengo a expresar mi desazón suprema” y, “¡que nos dejan sin patria amada mía!”: una poesía adherente a la poética de Barba Jacob, con intento de recuperar la musicalidad y el tono del bardo caldense, pero con una temática vanguardista intenta abordad los sentimientos del hombre, el sufrimiento de “los aplastados por el dedo de Dios”.

Tiene la entonación de la fragilidad, el requiebro suspendido de la bulla, el concepto quebradizo del abuso. Un universo compacto que reclama, y así va avanzando desde “Como rondas de hormigas/ que cruzan por mi huerto/ como las hojas secas desprendidas del árbol,/ así como la lluvia que cae de los techos,/ gotean las palabras”, hasta “… la riqueza prostituye el amor y el erotismo,/ mercantiliza todos los afectos/ y degenera la solidaridad sublime/ en grosera compasión/ y en burda misericordia.”, pasa por todos los dolores: de los ríos y los sentimientos; de los bosques atropellados y los amores imposibles; de los recursos hurtados y los recuerdos; del hambre insaciable y las sensaciones.

Jesús Rodolfo Agudelo gana el concurso de cuento “Humberto Tafur Charry” para entrar en las ligas de la creación regional; para testimoniar que su palabra impregna, para agitar el trapo de la reivindicación, una reivindicación testimonial de la poesía muchas veces despreciada por el contenido, por lo contestataria, por la irreverencia. Y discute la poesía. De sus colegas descolgando los versos supuestamente evasivos, sin compromiso, pero en el entendido de que el único contente de la poesía es ella misma. Guarda la pretensión, sin duda, de que unos versos pueden cambiar el mundo.

Y en realidad nada pasa. Nada cambia. El fascismo existe a pesar de Ulises. El colonialismo se extendió a pesar del Quijote. Roma fue incendiada a pesar de Virgilio. Grecia fue destruida a pesar de Homero.

Pero ahí está la poesía del profesor Agudelo, como le dirán en Gigante. Rebosa contenido entre la dispar superficialidad. Impregna con temor a los calificativos que la propaganda poliglota ha inundado, ha creado prevenciones. En ese ambiente se debate la poesía vista como un peligro, y los escritores, y los intelectuales. Porque la ignorancia parece imponerse. En este renuevo del milenio, del fútbol y de las reinas; de lo frívolo. En este mundo cuando disparan desde todos los ángulos para que la mente se cierre y todos piensen que un mundo mejor es imposible, solo factible un mundo de objetos y de mercachifles como única viabilidad de la especie humana, marcada con el cruel destino de destruirlo todo.

Jesús Rodolfo Agudelo aparece como el gobernador de una extraña ínsula, gobernada con la sabiduría de los sentidos, con la sensibilidad del espíritu, con la genialidad del monje para un mundo posible.

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