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24 Octubre

Crónicas de viaje – Los pastelitos de Belem

Escrito por  DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ

 

La riqueza culinaria de Portugal se resume en la innumerable degustación de platillos sofisticados con que sus naturales premian al visitante, ofrecen con orgullo como anfitriones y en general las personas vinculadas al pujante negocio del turismo en esta nación que finca en buena medida sus ingresos en el oficio de brindar comodidad a viajeros e invitados. Los platillos cuentan con una amplia base de chocolate, de lácteos, azucarados, sal, productos del mar para degustar con seguridad a cualquier hora del día o de la noche. Sabores macizos, fuertes, leves, animosos, templados y festivos como costumbre de una comida ya milenaria acompañada de buena cerveza y rica despensa vinícola.

Os pastéis de Belém no defraudaron la expectativa con que nos llevaron a degustarlos, después del almuerzo en un lujoso restaurante ubicado cerca al monasterio de los Gerónimos. La historia de los Pasteles de Belem se remonta al año 1820, cuando la Revolución Liberal ordenó el cierre de los monasterios y la expulsión de los monjes. Por alguna circunstancia, algún antiguo habitante del monasterio, utilizando una secreta fórmula, comenzó a fabricarlos y a venderlos en una pequeña tienda frente al monasterio, como forma de sobrevivencia.

El ambiente predispone. No más entrar a la pastelería, cuando ya el aroma a natas y canela llama al antojo. Servidos, su sabor y su presentación, un tanto parecidos a las famosas Marranitas de Popayán, estos pastéis de Belém son más crocantes, con sabores más acentuados, prácticamente imposibles de adivinar sus componentes, lo que los hace únicos y verdadera delicia, con razón orgullo de los olisiponenses.

Desde luego como en cualquier plato, como en la Bandeja Paisa, La Paella, el Asado Huilense, el Tamal Tolimense, el Arroz Cubano, Os pastéis de Belém encierran una historia que es la misma historia de Portugal, la que los portugueses han construido como nación, contada en la rica tradición oral, que ve en sus aciertos y sus desaciertos la conformación de su cultura, de su antropología, de su arte, enriquecido con el hecho de haberse creado con independencia y defendido con autonomía. Degustar, entonces, la comida, los dulces y bebidas (Sumos) es saborear su nacionalidad. Como en nosotros cuando nos sentamos ante la sofisticación de un plato autóctono, o ante la sencillez de la comida diaria, porque con ella cocinamos también nuestro esfuerzo, nuestros valores.

No hay más orgullo que poder cocinar con autonomía. Que sobre la mesa haya siempre el fruto de nuestro esfuerzo, el pan de cada día como parte de la dignidad, como derecho fundamental que proviene del trabajo honrado, pero también de la oportunidad que cualquier nación está obligada a ofrecer a sus connacionales. Nada más frustrante pensar en quienes no pueden contar con el alimento diario, con el golpe que la hora determina y acosa. Triste para muchos que acuden a los residuos para alimentarse, prevenciones que conllevan a un alimento de la categoría de Os pastéis de Belém, un sabor inolvidable, un sabor de bendición.

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