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01 Agosto

¿Que se alegren los escritores?

Escrito por  DIOGENES DÍAZ CARABALÍ

 

No sé hasta donde es posible que los escritores se alegren porque un colega ha obtenido un premio. Es una raza difícil, ególatra y contradictoria, más si quienes participan fincan su esperanza en obtenerlo; para solucionar el problema del pan de cada día, más cuando se invierte todo el tiempo en la creación y queda poco espacio para las cosas prácticas de la convivencia de una persona. Es cuando asoma el interrogatorio interior de por qué no fue la mía, autocalificada como obra maestra, de la consagración, la que iba a remediar la quejumbre solitaria de quien toma este ingrato oficio, la que haría posible refregar un cheque jugoso en el rostro de la mujer impaciente que espera en casa por los frutos de una vida y obra que ha llevado a muchos bardos a la tumba en medio de la miseria: Cervantes, por ejemplo, Rulfo itinerante, o Roberto Bolaño con su cirrosis por aguantar hambre y calmarla con C2H6O.

Pero el ganador es uno. Y no siempre la mejor, teniendo en cuenta que las valoraciones de una obra literaria son subjetivas. Cómo convencer a un jurado que un estilo, o una búsqueda, o una vanguardia, van a trascender. Muchas de las obras premiadas en un concurso no pasan de allí, de ser premiadas en un concurso. Tantas otras rechazadas perduran por los años (no por los siglos, porque esta moda de los concursos es reciente). Cuantas obras rechazadas por editores se convierten en textos de obligada lectura. Por  lo tanto, el valor de una novela no se mide por el precio pagado en un concurso. Cuántos premios Nobel están hoy por debajo del anonimato, no son recordados ni siquiera por la pompa y los reyes de Noruega cuando fue entregado. El celo de los compañeros de concurso se debe, no tanto el boom mediático, más bien a los pesos que puede embolsillarse el ganador.

Conocí a Jorge Eliecer Pardo cuando obró como jurado cuando fui finalista de la Bienal José Eustasio Ribera. Aclaro que  lo conocí después del fallo. A posteriori, leí varios de sus libros, y mantengo un frecuente cruce de palabras, saludos y condescendencias. Alguna vez me invitó a escribir un comentario para su libro homenaje “El jardín de las Weismann”, y me atrevo a decir, con sus antecedentes, sin conocer la obra ganadora de la Bienal, que no sobran argumentos para obtener el premio sin acudir a triquiñuelas.

Los desafortunados comentarios sobre  la obtención del premio hacen mucho daño. No solo a los organizadores en particular, personas probas, sino al mismo concurso si se tiene en cuenta que los recursos provienen del presupuesto oficial de Neiva. ¿Será posible dejar a un lado el protagonismo mediocre para reconocer el fallo? Sobre todo si se pone en riesgo el papalancamiento, y de paso se envía el ejercicio de rendir homenaje al más insigne escritor del Huila a la basura. Es bueno ganarlo, cien salarios mínimos a cualquiera caen bien, pero sobre esa ambición está el fomento de la creación que se consigue a través de actos como estos, tan escasos en Colombia y el mundo. Ahora, si hay pruebas de manipulación de los jurados, que las pongan en evidencia, para bien de este concurso, y de todos los concursos.

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