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25 Diciembre

Sobreviví a Faceboock

Escrito por  DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ

Por un auto de conciencia tomé la decisión, autónoma y deliberada, de alejarme de las redes sociales. Fue un buen tiempo sin Facebook, Twiter, a´Mail. También un ejercicio para alejarme del Messenger y el WatsApp. Para concluir que por obra y gracia de estos instrumentos, si bien es cierto que ha disminuido la contaminación física de plástico y papel, ha aumentado en forma exponencial la basura mental que circula por las redes convirtiéndonos en esclavos de la superficialidad, de lo banal y los suntuario.

Fue como un ayuno para abordar el Adviento, una penitencia impuesta por un cura implacable quien me escuchara en confesión y quisiera cortar de tajo mi pecado de haber caído en lo chabacano. Pero el ejercicio ha sido una grata experiencia, para entender que el  mundo no va tan rápido como uno piensa, que las intenciones políticas, sociales y económicas prevalecen, que cambiamos muy poco.

Tanto remedio casero para todo, el último descubrimiento para prevenir el cáncer, los diferentes remedios para curar el ácido úrico, las diversas cremas que se pueden elaborar en casa para el acné, las fórmulas para reducir los triglicéridos y el colesterol no los he necesitado. Tampoco la última versión de automóvil ni la última generación de celular, desde luego tampoco la última versión de portátil que lo único que le hace falta es que venga con letrina integrada. No son necesarios los “me gusta” de un desconocido, que se hace amigo en la red para discutir sin fundamento, para insultar sin ser descubierto, para que te trate de ignorante después de tanto esfuerzo, tanto libro leído, tanto reconocimiento académico que cuelga de los muros de la casa.

De este enjambre de mentiras, donde la vida privada se vuelve pública, he preferido volver  a la realidad de la calle, a palpar lo escabroso del sufrimiento de la gente, de tantos hombres y mujeres que pelean por su sustento, de aquellos que comercian su propia realidad en un país del rebusque y en donde nos han enseñado a creer que somos ricos, que debemos vivir como ricos y, es más: que debemos apoyar a los ricos. Este país derechizado, con cultos para el pan de cada día siempre y cuando venga de un esquema perfecto, porque quienes se equivocan se van al infierno. Este país altamente religioso, esotérico y terrorífico donde se amasa pan con el diablo.

Las redes nos suben a las nubes: olvidamos que nuestras ciudades intermedias, no tan pequeñas como otrora, se han convertido en un parqueadero público, nadie controla el exceso de circulación vehicular, las motos asaltas por derecha y por izquierda, el peatón es un pobre zarrapastroso que ni siquiera tiene para comprarse un R4. Desde la redes, supongo, gobiernan las autoridades, desde allí miden las tendencias, con ellas elaboran los planes de gobierno, por ellas articulan sus discursos, mientras en la calle, debajo de las casas decoloradas, tras los muros que envejecen salpicadas con mierda de murciélago, existe otro país que nos cuesta reconocer. 

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