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03 Diciembre

Plan de desnutrición escolar

Escrito por  LIBARDO GOMEZ SANCHEZ

A sus ocho añitos cumplidos Juan David es un niño que presenta algunas señales de desnutrición, se fatiga con facilidad  cuando debe realizar algún ejercicio físico, es frecuente verlo con la cabecita sobre el pupitre por una somnolencia persistente y leer o escribir lo agotan rápidamente; a pesar de su corta edad,  su aspecto físico no es el mejor, aunque es gordito, su piel y su cabello presentan una notoria resequedad  y palidez que lo hacen parecer mayor, arrugado;  cualquier situación  que lo contraríe, por leve que sea, lo irrita y lo pone de mal humor.

En momentos en que se atreve a jugar con sus compañeros los ocasionales tropiezos, los raspones, no sanan rápidamente y su madre se queja porque continuamente debe acudir al servicio médico y la farmacia para comprar antibióticos, es usual que lo afecte alguna infección. El niño no tiene un buen rendimiento escolar, y es visible su poco interés por el mundo que lo rodea, un análisis médico detecta un estado anémico y una evidente caquexia.

Como Juan David muchos niños se ven afectados por la pobreza en sus hogares, padres que no tienen los ingresos suficientes para alimentarlos bien, pero adicionalmente son víctimas de los  hampones de cuello blanco que se apropian de los recursos públicos destinados a la alimentación escolar; en la institución que se encuentra matriculado los auditores del programa PAE encontraron un puñado de anomalías: no se suministra leche sino lacto sueros, un liquido blanco con que se alimenta a los cerdos, las raciones no son balanceadas e incluyen poca o nada de proteína y con frecuencia la fruta o los vegetales que se suministran son segundas o terceras en mal estado.

Los programas asistencialistas como familias en acción, el adulto mayor e incluso el de alimentación escolar, intentan esconder el fracaso de la política económica, millones de personas con capacidad de trabajar que no tienen trabajo, no pueden ofrecer condiciones dignas de vida a los suyos y mucho menos ahorrar para atender la vejez;  la mendicidad que estimulan estos programas, le permite a quienes gobiernan chantajear cada víspera electoral amenazando con recortar los beneficios sino los reeligen; no satisfechos con esto, además han terminado por aprovechar estos programas para desfalcar el erario público, apropiándose una buena parte de estos recursos, que al final tampoco llegan a quienes los necesitan. Elegir a otros diferentes a los de siempre es el primer paso para eliminar la corrupción rampante.

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