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05 Noviembre

Recordemos la historia

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Con regularidad he pensado que la historia es una de las miradas que el historiador hace al pasado de los pueblos, mirada que se ha convertido en anteojos para ver con claridad en el presente. En cierto sentido, la historia, es un presente actualizado o un pasado convertido en eterno presente, eso que con mucha finura Zygmunt Bauman llamara Retrotopía (2017), “esos mundos ideales ubicados en un pasado perdido/robado/abandonado que, aun así, se ha resistido a morir y no en ese futuro todavía por nacer (y, por tanto inexistente)”.

Es decir, es un presente cuya fotografía resume el pasado. Idea, que cuando se esclerotiza, impide mostrar la tendencia de lo nuevo, esa irrupción que altera y desordena. En su lugar muestra la huella mnémica, la que se guarda en el inconsciente colectivo como marca, la que le da continuidad al pasado a pesar de su zigzagueo y sus recovecos donde la razón de la sinrazón muestra quiebres críticos, a pesar de los adornos novedosos de una tecnología que la mimetiza como desarrollo, que algunos llaman construcción histórica. Por ejemplo, la primera elección presidencial en Colombia del presente siglo fue marcada por una ácida discusión pública donde, de un lado, se argüía como aspecto central la cuestión social para mostrar de cuerpo entero las desigualdades sociales, ingrediente central de la inseguridad que se tomaba el país de forma preocupante, cuya solución pasaba, era la propuesta, por propuesta tímidas de reformas en lo tocante a la educación, trabajo, salud y vivienda, caldo de cultivo de dicha conflictividad social (la visión liberal, a secas), y, del otro, ponían la victoria militar contra la insurgencia como objetivo político central que, al convertirse en discurso electoral, mutaba a objetivo ideológico de la seguridad como prioridad para alcanzar el orden, el escenario ideal donde se impone la paz.

Esta segunda concepción, desconoce un presupuesto central de toda democracia: el desorden (vale decir lo distinto) es la garantía para la vida política de una sociedad “decente”, el unanimismo es lo autoritario, principio de toda dictadura (llámese de derecha o de izquierda). Este era el escenario del juego electoral de aquella época (2001). Y, ganó la perspectiva militar de la política, travestida de seguridad democrática, reelecta, luego, con artimañas en el Congreso, sin que el responsable apareciera. Mímesis que le facilitó a los medios de comunicación la tarea ideológica de cambiar, en el pensamiento colectivo, el concepto de la democracia como arma de debate, por la peligrosa idea de la autoridad, o la ausencia obligada del matiz, por tanto la persecución al pensamiento disidente, considerado enemigo de la “la patria”. De esta manera se institucionalizaba la continuidad del enemigo comunista. Este fue el camino escogido para eliminar el pensamiento y la crítica radical, tan necesaria en una democracia madura, como se presume es la colombiana.

Dieciséis años después (2017), en un nuevo periodo electoral, se repite dicho escenario con matices, desde luego distintos. Cuando el mundo celebró y aún celebra la dejación de las armas por parte de la guerrilla marxista más longeva del mundo, para firmar un acuerdo de paz con el gobierno, en el propósito de reincorporarse a la vida civil para seguir la lucha política por cauces civilizados: confrontar su ideario revolucionario en el único escenario posible dentro de una democracia: la plaza pública, para que las razones argumentadas sean las que se enfrenten en una dialógica libre de imposiciones mediáticas (utopía o ingenuidad) para que provoquen la emergencia de aquellas que orienten, sin subterfugios las mejores decisiones del constituyente primario.

Los enemigos del proceso, por el contrario, pusieron el acento en ¿cuál paz?, ¿acaso la paz se hace con los guerrilleros en el parlamento? ¿creando justicias especiales para legalizar lo no legalizable?

Serie de interrogantes, que siendo válidos, en las circunstancias políticas del proceso adelantado desde el primer encuentro en La Habana, se vuelven palos en la rueda porque cambiando el contexto los interrogantes ahora son otros. Esta es la cuestión. Ahí es donde hay que ubicarse y ubicar el debate. Colocar “la refundación de la república” (recordemos el viejo texto, no conocido por la opinión pública, de los acuerdos de Ralito) en la reafirmación de una estructura agraria basada en la gran propiedad territorial en detrimento de la “economía campesina”, es negar que para que el cambio sea posible, el texto y el contexto de la cosa política debe ser radicalmente distinto.

Esto no significa que la estructura del sistema socioeconómico capitalista de nuestro país se haya modificado o se haya entregado. Es volver al principio cuando la cuestión agraria se alteró por la usurpación violenta, por parte del paramilitarismo, de las tierras de los campesinos, con el pretexto de ser auxiliadores de la guerrilla de las Farc. Por tanto, es en este escenario, donde la crítica se vuelve negativa, al reproducir el viejo escenario como escenario nuevo.

En cierto sentido, los “Acuerdos”, haciendo un análisis político más detenido, plantean, esta es la paradoja, un reacomodo de las fichas como huella reproductora de la lógica del capital (por tanto los Acuerdos de la Habana no son la materialización del poder para los marxistas).

De otra manera, es un maquillaje que nos plantea una meta mínima: o aceptamos la incorporación a la vida civil de quienes en su momento histórico asumieron la lucha armada como camino para construir una sociedad distinta, acto de civilidad que le devuelve el monopolio de las armas al Estado, o aceptamos la política del arrasamiento de la insurgencia, estrategia militar fracasada desde la época del plan Lasso (operación Marquetalia), concepto castrense que traducido a políticas de Estado solo ha producido estados de sitio, toques de queda, estatutos de Seguridad, seguridades democráticas, empadronamiento de la sociedad civil con sus delaciones y pago de recompensas, cuyos resultados operativos se pudieran sintetizar en los famosos “falsos positivos”, o lo que antes con benevolencia se llamaba la “cacería de brujas”.

El posconflicto o lo que se ha denominado la implementación de los acuerdos, está en entredicho. Con el frenazo impuesto por el Congreso, los papeles se han refundido y como si fuera poco renace el ajusticiamiento de los líderes de derechos humanos y reinsertados que, en las zonas donde ha comenzado dicho proceso, se volvieron gestores de una nueva comunidad que reestructura la malla social donde renacen las solidaridades. De otra manera, implementar los acuerdos es sinergia que huele a esperanza de una Colombia en paz.

Y esto le duele a la derecha guerrerista. Es lo nuevo, y como lo nuevo, en esta nueva lógica, no existe, hoy Los Acuerdos de la Habana está muriendo a balazos, como lo pregonan los del Centro Democrático y la derecha, desperdigada por el partido liberal, conservador y otros como los verdes desteñidos. Bienvenidos al pasado

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