Miércoles, 23 Octubre 2019 00:00 Escrito por
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Un filósofo moderno llamó a la despolitización de nuestras sociedades como “la pérdida de la esperanza.” Y claro, las perspectivas planteadas como solución a los problemas crónicos de América Latina se convertían en una frustración que asustó a los más radicales y tendía un manto de humo sobre los pensamientos más retardatarios, herederos de una falsa aristocracia por lo demás corrupta, abrogados al derecho de espoliar los recursos que deberían favorecer a la inmensa mayoría de la población.

 

En palabras del cineasta británico Ken Loach, “la derecha trata a los pobres como si fuesen culpables de serlo”, y para este meridiano toca con apodos despectivos: indios, negros, putas, zarrapastrosos; o más modernos como ñeros, desechables, callejeros; no son más que producto de la profunda desigualdad, del ficticio crecimiento económico que auspicia organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, tan equivocados tanto en la percepción de los países como en las perspectivas de su propio desarrollo.

 

 

Es lo que hace agua hoy. Lo que recorre a América y el mundo, un arco que se amplia y que desde luego los intereses trasnacionales buscan aprovechar. Lo sucedido recientemente en Ecuador es la respuesta más o menos consciente de esas condiciones tantas veces denunciadas y tantas veces respondidas con el mismo remedio: la represión, el asesinato de dirigentes, o el peor de los casos con la instauración de dictaduras crueles, fascistas y criminales. Los filósofos criollos del conflicto latinoamericano atribuyen esta situación a fuerzas foráneas, un argumento tan manido como equivocado; en nuestro rumbo la culpa es del Castro-chavismo, una frase que inventó Santos para desautorizar cualquier movimiento social que pusiera en duda su legitimidad, algo tan etéreo y sin poder de convocatoria con sus propios conflictos internos que no cabe posibilidad ni tienen poder de convocatoria. La verdad, son movimientos sociales que se van configurando con una disculpa tangible: el alza de los combustibles, el alza del transporte, las reformas fiscales, las leyes que perjudiquen el medio ambiente, circunstancias disolutas que se convierten en el fulminante que dispara una inconformidad mayor.

 

El polvorín está incendiado, las protestas parecen contagiosas, nuevos liderazgos surgen con total radicalismo bajo una sola égida: la pobreza que sufren amplias capas de la población que ya no se deja llamar con apodos despectivos; reclaman derechos frente a la desigual manera de la tenencia, frente a la manera absurda como pocas familias se aprovechan de la riqueza de los estados para su propio beneficio, sin la menor intención de dejar caer de sus mesas migajas para los más desfavorecidos. Será una larga noche, porque la esperanza parece renacer en medio de la incertidumbre, así cueste la sangre de tantos y tantas, porque los mismos amos, por las buenas, no están dispuestos a concesionar. Jamás entenderán que los países que han logrado un importante desarrollo lo han hecho a partir de dejar privilegios, de dejar de creerse los amos incondicionales del universo: ejemplos, por montones: Japón, Los países bajos, Corea, Sudáfrica.

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