Miércoles, 16 Diciembre 2020 11:34 Escrito por GABRIEL CALDERON MOLINA
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 Los relatos de Calderón: Historia de 1992

En el año de 1992, un atardecer fui invitado por mi hermano Jaime en compañía de un amigo a tomarnos unas cervezas en un estadero pequeño que estaba ubicado después de pasar el puente sobre el río Guarapas de la antigua vía que de Pitalito conduce a San Agustín.

El estadero era atendido por un señor de bastante edad. Después de unas dos horas de estar allí, el señor que atendía se me acercó y preguntó si yo era Gabrielito Calderón de Matanzas (vereda de San Agustín). Le respondí afirmativamente. Se quedó mirándome y al fin de dijo, lo conocí cuando usted era un niño de unos 10 años en 1951, cuando yo llegué a la casa de su papá Gabriel y de su mamá, doña Amelia. Agregó que se llamaba Guillermo y que por un año había trabajado en la finca de mi padre y al mismo tiempo había sido su guarda espaldas, sobre todo cuando tenía que desplazarse fuera de la casa.

Inmediatamente recordé todo. Guillermo era un hombre que siendo muy joven, procedía de los Llanos Orientales, según contaba, y que había formado parte de las guerrillas liberales comandadas por Dumar Aljure y por los hermanos Bautista. Decía haber sido enviado, junto otros combatientes, a recorrer el país y tratar de organizar guerrillas para combatir el gobierno conservador presidido por Laureano Gómez. Que a él lo había tocado el sur del Huila. Y que había estado en la veredas de Contador y en el caserío de Bruselas en donde los liberales se habían negado a formar guerrillas y que alguien le sugirió que fuera a Matanzas a donde la familia Calderón.

Guillermo le hizo la propuesta a mi padre y él se negó rotundamente ante lo cual el hombre aceptó, más bien, quedarse a trabajar en nuestra finca y al mismo tiempo servir de guardaespaldas a mi padre, quien era objeto de constantes amenazas de muerte por algunos conservadores de la vereda de El Playón y de San Agustín.

Encontrarme con este hombre, que había conocido de niño y sabía de sus andanzas previas a la llegada a la casa de mi padre, fue para mí una asombrosa sorpresa que me llevó a retroceder a mis lejanos recuerdos de temores, de angustias, de las noches, muchas veces bajo la lluvia, durmiendo en los cafetales o en los montes de la finca, cuando la Violencia partidista nos acechaba todo los días.

Mi hermano y el amigo que estaba con nosotros, escucharon lo que el hombre me decía. Nos demoramos más tiempo en su pequeño negocio. Y lógicamente el tema de esos malos tiempos para los liberales se volvió la conversación de esa noche.

A la media noche partimos de allí. Después, mi hermano Jaime me contaba que con frecuencia se lo encontraba en las calles de Pitalito. Hace unos tres años me dijo que Guillermo era ya un anciano que estaba en la miseria pidiendo en las calles.

Lo cierto es que los liberales de la región no escucharon su voz de rebelión por lo cual decidió vivir en paz. Esta historia hace que me sienta orgulloso de ser un Calderón descendiente de familias liberales y pacíficas de San Agustín y de Pitalito.

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