Domingo, 14 Octubre 2018 00:00 Escrito por
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Tomado de su pagina de Facebook

La década del cincuenta fue difícil para la familia. Serafín se esforzaba con su sastrería y sus pinturas, en especial con retratos de políticos que algunos fanáticos locales le compraban. Hasta el cura se entusiasmaba con el retrato de Laureano Gómez que Serafín se esforzaba por captar de la fotografía del periódico para halagar sus apetitos. 
—La necesidad tiene cara de perro —murmuraba Serafín. 
También pintaba paisajes y cuadros alegóricos de la vida cotidiana, que primero elaboraba en su imaginación y luego hacía tangibles en los lienzos que preparaba con las fórmulas aprendidas en un libro.
Sin embargo, los ingresos por la pintura no le alcanzaban para vivir. Tampoco su sastrería recibía pedidos con la abundancia de otros años y, salvo los vestidos que Laura confeccionaba para amigas y conocidas, la crisis aleteaba insistente en el aire de la casa. Los recursos escaseaban en nuestro diario vivir en aquel polvoriento y lejano Laboyos de los años cincuenta. También porque el valor de los colores políticos adquiría más vuelo si era azul y la represión de las ideas liberales cada día era más violenta. 
De improviso Serafín recibió un telegrama de la Secretaría de Educación del Huila anunciándole su nombramiento como maestro de escuela en el corregimiento de Fortalecillas, donde se había presentado una vacante. Se rio al principio pero sintió que era un intento generoso para ayudarlo a salir de tan difícil situación. La secretaría la ocupaba Ángel María Molina Vega, dirigente del partido conservador y rico miembro de la sociedad laboyana. Era dueño de la casaquinta que estaba ubicada por la entrada norte de Laboyos. Recuerdo el local localizado en el costado sur que daba al potrero donde funcionaba la venta de leche de doña María Esilda, esposa de Ángel María, adonde me enviaba Laura bien temprano para comprar la nuestra.
No iba a trabajar en Laboyos sino que debía trasladarse al norte del Huila, cerca de Neiva. Consultó con la familia, porque el desplazamiento implicaba cambiar el entorno familiar, permitir que Laura se ocupara del diario mientras él tomaba ritmo y comenzaba a girar dinero de su sueldo. Después acordarían cómo reubicar a la familia, si él lograba permanecer en el cargo, o, ya posesionado, buscaba ser trasladado a su lugar de origen. 
Con las conjeturas expuestas Laura aceptó el desafío como un cambio necesario para nuestras vidas. No sabía que al magisterio le pagaban el sueldo cada vez que se podía, si acaso lo pagaban, o les abonaban el equivalente al salario con cajas de aguardiente de las rentas departamentales, que los maestros negociaban en los bares y cantinas de su municipio.
Serafín preparó su maleta con escasa ropa y muchas ilusiones. Por fortuna en Neiva vivía su sobrino Arturo Rivera y en su casa se podía quedar mientras organizaba la suya. Así fue. Serafín viajó a Neiva a notificarse del nombramiento y llegó donde Arturo y Herminia, en el barrio Calixto Leyva, para iniciar su inesperada carrera de maestro.
Lo recibieron con el afecto que esperaba pero cuando Arturo supo el motivo de su viaje, de inmediato le encareció que no se fuera para Fortalecillas. 
—Usted no se me mueve de Neiva, tío.
Conocedor del medio por su oficio de conductor de bus urbano, “Arroz seco” lo apodaban, le desnudó por qué no debía aceptar ese dichoso nombramiento.
—Tío, a usted lo mandan a ese corregimiento para que lo maten. 
—No puede ser, mijo, cómo se le ocurre.
—Sí, tío, ahí no dejan a ningún liberal vivo. Si quiere puede permanecer en nuestra casa el tiempo que quiera, pero para allá no se va ni por el putas.
El calor se derretía en su rostro con una mezcla de sudor amargo y lágrimas de impotencia. 
Después de emborracharse con Arturo, a los dos días regresó a Laboyos con la frustración tatuada en su mirada y la rabia carcomiéndolo por dentro. Menos mal que en 1959 Teófilo Carvajal Polanía fue nombrado alcalde de Laboyos y él se lo llevó como Oficial Mayor de la alcaldía. El cargo lo ocupó también en la administración de otros alcaldes hasta 1964, cuando con René, ya graduados en la Normal Superior de Varones, organizamos el éxodo de los Sánchez a Bogotá, donde todo cambió para la familia.

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