Martes, 28 Agosto 2018 00:00 Escrito por
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El aeropuerto que sirve a Cali es mucho más cómodo que muchos aeropuertos de este lado, y del otro del mundo. Amplios pasillos, cómodas zonas de espera, amplio surtido de productos nacionales y de otras dimensiones, por lo menos mejor que “El Dorado”, de Bogotá; por lo menos en el aspecto de que los pasajeros no pisamos la pista, no se padece el clima ajeno a la proveniencia, del frío o del calor como en muchas ciudades importantes. Es algo que me gusta de los aeropuertos. El pasajero no se entera del clima, reseco como en Lima, o frío cala-huesos como el de La Paz o Cusco, o de la variabilidad estacional del de Lisboa. En eso Cali, la llamada “sucursal del cielo”, aventaja, aunque no está propiamente ubicado en Cali, sino en Palmira: una pequeña urbe de ricos agroindustriales y pobres rebuscadores y obreros de salario mínimo.

Siempre en los aeropuertos hay que esperar. Si es un vuelo nacional, mínimo una hora que se vuelve larga, más larga aún cuando te dicen que tu vuelo, por inconvenientes de revisión mecánica o problemas climáticos, tiene que esperar otro tanto. Entonces, si la espera es mucha, un joven muy amable, o una chica muy sensual (¿qué tiene que ver el sexo con una espera de aeropuerto?), te dice que por inconvenientes de espera la aerolínea te da un vale de almuerzo, en un restaurante ubicado cerca a la puerta de embarque, consistente en un sándwich de pan tajado y mortadela cruda, y un juguito de caja con sabor ocre. No sé por qué uno piensa que la aerolínea se pasa de generosidad: será porque cuando uno viaja, el tiempo muere y las horas se detienen hasta cuando llegas a tu destino. Es cuando vuelves a mirar, en mi caso, la pantalla del celular aún sin tomar la hora local.

Pero las esperas, a veces, son sorprendentes. Te encuentras con un amigo que lleva el mismo destino, cuando lo que más rogabas era no encontrarte con paisanos que te hablaran de lo mismo que deseas descansar. Muchas veces el infortunio es tanto que el amigo que te encuentras es tu vecino del barrio, aquel que nunca saludas, que cuando te cruzas él voltea la cara, o te negó un día un alicate cuando necesitabas ajustar una tuerca de tu vehículo. Es ése precisamente el que aparece sonriendo, se dirige hacía ti, te saluda de mano, te pregunta el destino, y después no lo despegas ni con cuchara de palo. Terminas almorzando con él, y hablando de las intimidades que solo están reservadas para tratar con tu mujer, enterándote que ese matrimonio está a punto de romperse, o que el motivo del viaje de su amigo es para encontrarse con una amante de Internet tan rica como la que cualquier hombre, con edad madura, sueña. También se puede encontrar un nuevo amigo, digamos: “amor a primera vista”. En mi caso, un rechoncho aficionado al fútbol, procedente de Querétaro, México, iba para Moscú para ver la final de la copa mundo. Inicialmente me miraba, y yo también. En un instante se acercó y me saludó con afabilidad. Igual yo respondí. ¿Vas al mundial? No, le respondí. Él entusiasmado me contó que llevaba cuatro días viajando. ¿Y apenas en Cali? Sí. De Querétaro al DF un día, espera de 13 horas en Panamá, otras ocho y cambio de avión en Lima… ¿Y vas a Madrid y de allí como haces? Iré en tren a Paris. ¿Todo ese periplo para ver jugar un equipo que no es el tuyo?, le dije. Usted no entiende, me respondió, y centro su atención en el sándwich que parecía hecho de suela de zapato viejo.   

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