Miércoles, 23 Septiembre 2020 11:57 Escrito por
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El paseo de grado a La Laguna de La Magdalena
 
 
Hoy 23 de septiembre voy a contar otro hecho muy significativo de mi vida, y de 18 compañeros de curso, ocurrido cuando era estudiante de sexto bachillerato en 1961 en el colegio Simón Bolívar de Garzón.
 
Todo partió del hecho de que antes de finalizar el año, deberíamos hacer un paseo de grado para lo cual, con fiestas y aportes personales, reunimos una buena suma de $$.
 
Un día de agosto, decidimos definir a dónde sería el paseo de grado. Nos reunimos en el salón de clase y uno a uno íbamos opinando a donde debería ser: Cali, Medellín, Cartagena, etc.
 
De pronto el compañero Jaime Segura Carvajal, quien vive en Neiva, se paró y propuso que lo hiciéramos para conocer La Laguna de La Magdalena, donde nace el río de la patria. De inmediato yo acogí la idea diciendo que a los demás lugares mencionados tendríamos toda una vida para ir una y otra vez. Y en cambio a La Laguna de la Magdalena, posiblemente no sería sino una sóla vez en la vida. Se armó la discusión que no fue resuelta sino con la votación. De 28 estudiantes que éramos, 18 estuvimos por hacerlo hacia el Macizo Colombiano.
 
Partimos los 18 estudiantes, los demás se negaron a ir, en la primera semana de octubre. Salimos en un bus escalera desde Garzón, el domingo.
 
El recorrido era toda una semana a pie desde San Agustín, tres días subiendo y tres días bajando. Fueron unos días de enormes retos de frío, cansancio y hasta de hambre. En Quinchana se nos unió un campesino, don Leandro Salazar, quien al vernos decidió acompañarnos y ayudarnos con dos bestias, una para que cargara nuestros maletines, una para el profesor, ya de edad, Ezequiel Niño, que iba con nosotros. Dos días después, llegamos a la laguna en medio del intenso y helado frío. Luego partimos hacia Valencia, en el valle de Las Papas, en el Cauca, a dos horas de allí, , en donde habitaban unas seis familias. Nos acogieron con cariño, y hasta nos pelaron un puerco y nos dieron posada en sus casas para pasar la noche. Al otro día regresamos por el mismo camino y el sábado por la tarde estábamos de nuevo en San Agustín, llenos de satisfacción por la meta cumplida. Todos en buen estado de salud. El domingo por la tarde llegamos al colegio. Orgullosos de haberlo hecho. Creo que solo dos o tres de nosotros hemos vuelto al ese páramo. Esta historia, por supuesto está llena de detalles que cuento en mi próximo libro a ser publicado: Los Tiempos de la Cultura Agustiniana.
 
En los siguientes días, los estudiantes unos nos miraban con admiración y otros no nos creían que hubiéramos hecho semejante viaje. Los profesores nos felicitaban. Yo desde entonces valoro profundamente la importancia hídrica y ambiental que tiene el Macizo Colombiano. Que sepa, ningún otro grupo de ese colegio lo ha vuelto a hacer.
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