Lunes, 24 Agosto 2020 18:35 Escrito por GERARDO MENESES CLAROS - Escritor
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“Ojalá nada pasara para no quedar como profeta”

 

El mes pasado salió a librerías ‘Los sordos ya no hablan’ la más reciente novela del escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal. La verdad sobre Armero antes de que mitificaran a Omaira. Un dato curioso: es la más recientemente publicada, pero la novela fue escrita hace 30 años.

La frase que le da título a este texto es de Gustavo. Y así cierra una de las columnas periodísticas escritas para El País de Cali en 1985. Más exactamente la de noviembre. Porque mes a mes de ese año, el año de la avalancha, había escrito otras sobre la misma temática. Quedó como profeta. Porque sí pasó. Armero fue destruido y más de veinticinco mil personas murieron arrastradas por la furia de una de las peores tragedias naturales que el país recuerde.

De la avalancha de Armero, o la bombada, como la llama Gardeazábal a lo largo del libro, se han rodado películas, series y programas de televisión, se han editado libros y se han escrito cientos de artículos de prensa. Todos, sin excepción, cuentan la misma historia: la de la tragedia ocurrida. La novela de Gustavo está escrita desde la realidad de quien conoció e investigó de primera mano el fenómeno y lo advirtió, por lo menos un año entero, a través de sus notas periodísticas; primero en El País de Cali, luego en La Patria de Manizales. Nadie paró bolas. Imaginación de escritor –le dijeron en su momento. “Ojalá nada pasara para no quedar como profeta”, escribió Gustavo una semana antes de que ocurriera lo que ocurrió.

Y esta no es la primera vez que le pasa. Lo han tildado de brujo, de adivino, de tener montado un oráculo allá en El Porce, su hacienda, donde vive. Ni es lo uno ni es lo otro. Gustavo simplemente huele los acontecimientos, les sigue la pista, los persigue, los corretea; analiza, husmea, compara, investiga. Y se vuelve terco, indagador, necio, casi obsesivo hasta llegar al origen. Y con precisión de relojero suizo emite sus sentencias. Más de una, premonitoria. Repito, no es la primera vez que le pasa. Es una de sus grandes facultades y la ha tenido toda la vida. Lo de brujo, mago o adivinador dejémoselo a los hijos de Marcianita Barona en El bazar de los idiotas, o a las hermanas Urdinola en Los sordos ya no hablan, inclusive a Ramsés Cruz y su peregrina idea de simular su muerte con mandrágora, en La resurrección de los malditos.

La novela que treinta años después vuelve a publicarse, esta vez bajo el sello UNAULA, es una historia que se mueve entre la ficción novelesca y la realidad de una investigación que el autor había venido haciendo y la que a nadie pareció importarle. La escribió cinco años después de la tragedia, en 1990. Parece que nadie la leyó; y si tuvo algún lector, prefirió verla como eso, como una novela, no como el documento histórico que en realidad representa.

Construida desde la sicología de sus personajes Los sordos ya no hablan es una novela encantadora de leer. Tiene ese sabor de las historias de tierra caliente: atrevida, picante, gustadora. Solo que esos elementos son solo la disculpa para mostrarnos la verdad de un acontecimiento que inevitablemente iba a suceder. Personajes disímiles de un extremo a otro que conviven en el mismo espacio y que se conocen sus debilidades, sus gustos y sus mañas van pasando por las doscientas noventa y dos páginas y se van metiendo en la vida del lector. Pero Armero no es el cementerio de todos; varios se salvan de la avalancha; unos por suerte, otros porque huyen, otros más por simple sentido común. Desde ellos también se ha reconstruido esta historia. La debilidad del alcalde, la fuerza de Aquileo Cruz, la indecisión de Mario o la valentía de Yolanda son rasgos sicológicos que determinan el destino de Armero.

Las columnas periodísticas originales acompañan el relato, las cartas de amor entre unos y otros amantes, las poesías que se mandaban desde la distancia entre otros, son elementos que enriquecen la novela y que por momentos hace aún más fina la delgada línea entre la ficción y la realidad. Para cada lector habrá un personaje inolvidable, porque Gustavo, muy hábilmente, supo combinar personalidades tan distintas, comportamientos tan opuestos en un mismo escenario, el escenario de la vida, que en este caso, es el la muerte.  Treinta años después vuelve a publicarse Los sordos ya no hablan una novela que como muchas en este país nuestro nos han contado la realidad, una realidad que muchos prefieren esquivar y volverla caricatura, burla o simplemente olvido.

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“Gustavo simplemente huele los acontecimientos, les sigue la pista, los persigue, los corretea; analiza, husmea, compara, investiga”

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