Sábado, 13 Junio 2020 07:12 Escrito por GABRIEL CALDERON MOLINA
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Esta es otra historia curiosa que me sucedió en un vuelo en avión.

Cuando terminé mis estudios en París, algunos días después me dispuse para regresar a mi país. El día escogido para viajar, me presenté en el aeropuerto para hacerlo en Air France, cuya ruta de vuelo era París- Lisboa- Point-a-Pitre (Isla de Guadalupe en el Caribe)- Bogotá - Lima - Santiago de Chile. Subí al avión, y al llegar a la silla asignada encontré que en la ventanilla estaba un muchacha de piel morena y bonita, quien al verme me saludó y me preguntó que si le permitía hacerlo en el ese puesto que era el mío. Le respondí que no había ningún problema.

El de ella era el del corredor del centro del avión en donde yo me senté seguro que llegaría otra persona a ocupar la silla del centro, puesto que la banca era para tres.

El avión despegó, nadie llegó a ocupar la silla que nos separaba, y ella a pocos minutos se puso a dormir. Cuando avión aterrizó en Lisboa se despertó y me preguntó que en donde estábamos y que yo para donde iba, le contesté que para Bogotá y le dije que ella a donde se dirigía. Me dijo que para Santiago de Chile.

El avión despegó de nuevo y en el trayecto al siguiente aeropuerto, iniciamos y continuamos un diálogo que poco a poco fue cubriendo múltiples aspectos de la vida de ambos. En muchas cosas coincidíamos en lo que éramos. Ella me contó, entre otras cosas, que era hija de una familia campesina con una finca ganadera y agrícola, al igual que yo. Y así mismo muchas otras cosas, como sus estudios, su posgrado en economía en París gracias a una beca del gobierno francés, ganada por concurso.

En fin hablamos y hablamos, por ratos ella se dormía un poco. Y en una de esas dormidas, antes de llegar al siguiente aeropuerto en el Caribe, me dijo que para sentirse mejor, se pasaba a la silla vacía que nos separaba, se recostó sobre mi pecho y se durmió.

Después no volvió a dormir, pero no se despegaba de mi pecho, hasta cuando, al pasar por cerca de la Sierra Nevada de Santa Marta, le dije que estábamos a una hora de Bogotá. Miró el espectacular paisaje de la Sierra Nevada y me preguntó, ¿Tu llegas a donde tu familia? No, le dije, a un hotel, porque mi familia vive lejos de Bogotá. ¿Te gustaría que yo me quedara contigo en Bogotá por varios días? Entonces, le pregunté que si era una broma o era en serio. Me dijo es en serio. Sería feliz a tu lado conociendo a Bogotá.

Le pregunté entonces, ¿y cómo haces con el vuelo a tu país? ¿Si te permiten quedarse en Bogotá y después continuar el vuelo en esta misma empresa? En ese momento pasaba una auxiliar de vuelo y le pregunto que si ella podría quedarse en Bogotá y luego continuar en el siguiente vuelo. La auxiliar no supo responder, pero partió en seguida a averiguar a la cabina de pilotos. Se demoró, pero cuando regresó le dijo que era imposible. La muchacha se quedó muda un rato. Y cuando el avión cuando empezó a descender se me apegó más y lamentarse por no poder hacerlo.

La despedida fue muy triste, me pidió la dirección. Me escribió quince días después. La carta la perdí en mi trasteo para Neiva, Nunca le pude responder.

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