Miércoles, 27 Mayo 2020 23:09 Escrito por GABRIEL CALDERON MOLINA
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Voy a narrar quizá el último de mis episodios de mi estadía como estudiante en París relacionado con la joven alemana.

Unas dos horas después de que ella me contara en el tren en el que íbamos hacia la ciudad de Hamburgo, llegamos a la estación y media después tomamos otro tren que nos llevaría en una hora a la ciudad de Kiel, sobre el Báltico. Al llegar a la estación de esta ciudad, ocurrió que quien nos esperaba en el parqueadero de vehículos era su propio padre, quien timón en mano, y sin sus dos piernas, manejaba el automóvil adaptado para casos como el suyo. Cuando me le acerqué, me saludó por mi nombre y en idioma francés. En el trayecto hacia su casa, después de hablar un poco con su hija, me dijo que le alegraba mucho que hubiera aceptado ir hasta Kiel y que en su casa sería acogido con cariño.

Cuando llegamos a su residencia, dos muchachas asistentes suyas salieron a recibirnos y a ayudarle a él a descender del vehículo y subirlo a una silla de ruedas. Luego que me acomodaron en una de las habitaciones, nos sentamos a conversar en una amplia sala de recibo. El tema principal fue

Colombia del que poco sabía, pero si bastante de EE.UU. a donde había viajado algunos años atrás. Me contó después quien era él en ese momento: presidente de la Asociación Alemana de Lisiados de Guerra, (Primera y Segunda guerra mundial), con sede en Hamburgo a donde por dos días a la semana tenía que trasladarse para lo cual contaba con conductor y que con frecuencia se desplazaba en avión a otras ciudades de Alemania Occidental. En medio de la conversación nos llamaron a cenar en donde continuamos hablando de muchas cosas. Al final me dijo que al día siguiente, en las horas de la tarde tenía previsto invitarme a recorrer la ciudad, visitar algunos lugares especiales y tomarnos un café frente al puerto marítimo sobre el Báltico. Por la mañana no, porque desde su despacho personal atendía llamadas que provenían de los cerca de 800.000 afiliados que tenía la organización.

En la mañana del día siguiente, recorrimos a pie con la joven alemana el entorno cercano de la casa y aprovechamos para hablar del futuro. Por la tarde, partimos con su padre en el automóvil conducido por un ayudante suyo, a recorrer la ciudad. Curiosamente su hija se quedó en casa. Al final de la correría por esa bella ciudad, que aún estaba en proceso de reconstrucción debido a los bombardeos de las fuerzas rusas en 1945, llegamos a un café frente al puerto, abundante en barcos que se movían en todas direcciones.

Allí sentados, me habló de quién había sido él desde niño y en la guerra. Tremendas historias. De niño su padre lo había llevado a vivir durante 10 años a París en donde él se desempeñaba como Cónsul de Prusia (1903-1913), y que por eso su total dominio del francés. En 1922 ingreso a la carrera militar. Y cuando llegó la guerra, le había tocado actuar, como todo militar de carrera, en Europa y en el norte de África, en la batalla de Al Amein en 1942, fue víctima de una potente bomba que lo llevó a perder sus dos piernas y ser recluido un hospital por varios meses en Alemania y luego traslado a su casa en donde vivía. Durante la guerra se casó y su esposa en 1941 tuvo a su hija. En 1945 llegó lo terrible para Kiel y toda la Alemania: la invasión de las tropas rusas que fue el gran desastre suyo, por cuanto su esposa y una hermana, fueron sacadas de su casa, violadas y luego asesinadas, como le sucedió a unas 800.000 mujeres alemanas, algo que la historia poco ha contado.

Luego me dijo que su hija era la única descendiente y familiar que tenía, sus hermanos y primos todos habían muerto en la guerra y que ella era su soporte de amor y de vida, en su vejez. Que ella siempre tendría que estar a su lado hasta el día que lo llevaran a la tumba. Yo lo escuchaba y entendía el trasfondo de sus palabras.

Al día siguiente, temprano, él y su hija me fueron a dejar en la estación del tren que me llevaría a Hamburgo. Ella se quedó su padre y nos volvimos a ver a mediados de agosto en París.

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