Martes, 26 Mayo 2020 23:03 Escrito por DIOGENES DIAZ CARABALI
Valora este artículo
(0 votos)

Meditaciones de cuarentena (6)

Diógenes Díaz Carabalí ayuda a paliar este aislamiento son los perros. Un midrash judío dice que en un principio, cuando Dios creó al hombre, lo vio tan solo, que creo para que lo  cuidara a los perros. Algo tendrá de cierto ese midrash porque estos animalitos son tan incondicionales, tan receptivos a  nuestro afecto, se conforman con tan poca cosa. Mi particular experiencia con los perros es tan extendida, repleta de alegrías y también tristezas; venían a casa y en pocos días estaban adaptados compartiendo nuestros juegos, velando nuestros alimentos, tibiando los lugares más sórdidos, nos acompañaban en los caminos solitarios; cuidaban a las aves de amenazas de los depredadores, a nuestras pertenencias impedían que se acercaran los extraños, avisaban sobre la presencia de personas con rabiosos ladridos; muchas veces nos entregaron la presa de su caza que puede durar días sin desistir hasta lograr la captura viva o muerta.

Existen múltiples historias en el cine y  la literatura sobre incontables historias de perros que llevan a las lágrimas verlas, leerlas o recordarlas: Boby, el pequeño terrier de John Gray, quien después de su muerte sobrevivió 14 años velando su tumba; Collie, Quien rondó nueve años el cementerio donde su amo fue incinerado a pesar de que la familia en varias ocasiones intentó llevarlo a casa; Fido, el perro de Luigi reclutado en el frente ruso, el resto de su vida fue a la estación del tren para esperar a su amo, un hecho tan conmovedor: al comienzo hacía el recorrido en veinte minutos, los que con las dificultades de la edad se convirtieron en doce horas; al morir congelado en la nieve todo los vecinos lo lloraron, su amo nunca regresó del frente de guerra.

Mi experiencia particular y mi amor por los perros está en Blanco, un perro de esos que llaman de raza chanda-cusco. Salvó mi vida de morir ahogado en el fragoroso río Villalobos, en la Bota Caucana, al que me aventuré a nado. Tomó mi brazo cuando ya no tenía esperanza de sobrevivir para llevarme a alcanzar la orilla; le agradecí como enviado del cielo a pesar de la marca de sus colmillos que aún conservo en mi brazo derecho; si no es por Blanco no contaría el cuento.

Viven en casa con dos perritos sin reza determinada, solo perros que ladran, corretean, juegan, descansan bajo mi silla mientras escribo, se levantan tan pronto emprendo pausas activas, amenazan a los gatos que merodean la casa, son compañía durante mis trotes por la Ciclovía, se enfurecen si un perro extraño se acerca, amenazan a los extraños que vienen a casa con sendos colmillos blanquecinos, ponen en suma ternura sus cabezas en mis piernas cuando me alimento. El resto del tiempo duermen, retozan, su silencio apabullante los hace disimular su presencia pero están ahí, aunque nunca los necesite, aunque muchas veces les niegue el alimento; en cada mirada muestran la felicidad de pertenecer a la familia, de acompañar sin esperar retribución nuestras angustias, nuestras alegrías. Este tiempo de obligatorio internamiento parece reivindicarlos.

Visto 543 veces

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.