Jueves, 14 Mayo 2020 12:19 Escrito por GABRIEL CALDERON MOLINA
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La historia que cuento esta semana nunca pasará al olvido.


Nueve meses después de haberle ofrecido la chocolatina suiza a la joven alemana a la que me referí en el pasado escrito, ella un atardecer me dijo que debía regresarse el día siguiente a su tierra natal, a orillas del mar Báltico. Su padre, quien había sido un Coronel de la Segunda Guerra Mundial de la cual había quedado inválido por graves heridas en la batalla del Al Amein, en el norte de Egipto, en 1942, le había escrito para pedirle que se regresara de inmediato a casa, que estaba enfermo. Ella era su única descendiente y desde hacía muchos años su esposa había fallecido.

Me dijo que ella quería que primero fuéramos a una cafetería del bulevar Saint Michel y después camináramos por las orillas del Sena.

Así lo hicimos y después, cuando estábamos en la ribera del río me propuso que nos sentáramos en un lugar muy cerca del agua en una de las escaleras que descienden al río y que son utilizadas para subir a las pequeñas embarcaciones que surcan el Sena con turistas. Allí, llenos de tristeza, me dijo que sería quizás por un largo tiempo no nos volveríamos a ver o quizás por toda la vida. El silencio, sumado a la noche que llegaba, nos embargó a ambos por largos minutos. Ella miraba el agua del río y yo la luna que se mostraba hermosa en el firmamento. De pronto ella me dijo que nos quitáramos los zapatos y metiéramos los pies en el agua que fluía lentamente. Ambos lo hicimos en seguida, y entonces recitó un verso poético en alemán, que al traducirlo luego al francés, decía que el agua es un bien universal, que recorría todo el mundo, por los mares y los ríos, así vinieran estos de las montañas. Que el agua que hoy estaba aquí, después estaría en la lejanía sirviéndole al hombre. Cuando terminó me dijo cuando estuviera en Colombia y fuera al mar o a un río, pensara en ella y se agacho silenciosa. Le puse mi macho en la espalda y le dije que alzara a mirar la luna. Cuando lo hizo le dije que la luna también era universal, que todos mirábamos siempre la misma luna y que esta al girar alrededor de la tierra, a todos nos transmitía energías. Siempre que yo vea la luna en el cielo, pensaré en tí. Me miró y me dijo, haré lo mismo contigo, hasta la muerte, tomo mis manos entre las suyas y ambos oramos silencios a nuestro Dios.

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