Miércoles, 30 Mayo 2018 00:00 Escrito por
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Si bien Uribe forzó a la guerrilla a sentarse en una negociación, entre otras cosas a unos costos muy altos: 8.349.484 víctimas (León Valencia, revista semana,  2016/09/10), entre soldados y policías muertos y heridos, guerrilleros “dados de baja”, jóvenes asesinados en falsos positivos, viudas, huérfanos, desplazados, sin contar a miles de personas encarceladas; fue su papel, una situación heredada, gracias a su ahora mejor amigo Andrés Pastrana, quien con suma irresponsabilidad le entregó medio país a su compadre “Tirofijo”. Algo que todo el mundo le reconoce.

Pero, éste, es, otro tiempo. El discurso de tierra arrasada es obsoleto ya, porque se ha conseguido la paz con la guerrilla más vieja del mundo, sus integrantes buscan acomodarse a la institucionalidad así los estén matando, así les busquen “pelos al calvo” para terminar con el proceso. En este tiempo, las necesidades del país son otras, las prioridades son la lucha contra la corrupción, mejorar la calidad de los servicios de salud, ampliar la cobertura educativa universitaria, democratizar la propiedad. Los gritos de ¡Arrr…! Han quedado atrás, por eso regresar al pasado con un posible gobierno de Uribe, así sea por interpuesta persona, es el peor error histórico que podamos comer. La mayoría de los colombianos lo saben, cuando quienes buscamos otra realidad de país, pusimos en las urnas más de diez millones de votos el pasado 27 de mayo.

Tenemos que construir, para lo que no hay mucho tiempo, un consenso entre las fuerzas del progreso y  la paz, y enfrentar el oscurantismo que representa hoy Uribe (otra vez por interpuesta persona). Toca que los líderes de este país miren con suma responsabilidad los linderos más caros de la patria, y quien pasó a la final en este partido entre la guerra y la paz, la democracia y el populismo de derecha, olvide sus egos, abra las compuertas de la sensatez, para que juntos propicien un cambio radical en la concepción de la política, entendida como el servicio y el amor a los ciudadanos.

La mayoría de los colombianos saben que se puede. Que personas con las calidades intelectuales de Antanas Mockus, de Sergio Fajardo, de Antonio Navarro, de Humberto de la Calle, de Clara López, de Jorge Robledo pueden lograrlo, si anteponen el interés nacional a sus egos, que desde  luego los tienen. Esta generación está llamada aterrizar, con los pies sobre la tierra, para pensar en el país como una integridad donde deben confluir diferentes visiones de la vida y d el a sociedad, pero ante todo que somos diversos y que en la diferencia podemos construir un hogar donde quepamos todos. Sin duda eso hará de cada ciudadano una persona, y del lugar donde vive su casa. Pero también, este propósito se debe tomar como la mejor oportunidad para mostrar que se puede construir patria por fuera de los vicios de la politiquería, por fuera de la corrupción; que podemos construir un país con inclusión para cada uno de nosotros, y eso implica mirar al otro con el afecto de que se trata de un hermano.

Y como en la democracia se puede triunfar o ser derrotado, cualquiera sea el resultado, que quede la satisfacción de que nos anima el sagrado derecho de haber luchado, con las armas de la democracia, por construir una nación que asegure un mejor futuro para las nuevas generaciones, para nuestros hijos, para nuestros entornos, con la libertad de expresarnos y de concebir la vida, para contarles a nuestros descendientes que fuimos capaces de darles “una segunda oportunidad sobre la faz de la tierra.” Lo bueno de esta oportunidad, que se presenta para todos los colombianos de buena voluntad, es que el tiempo es breve y no da para insultar ni responder a insultos, sino para convencer a la inmensa mayoría de colombianos que la paz, la equidad social, la inclusión nos pertenece y que este tiempo es de nosotros.

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