Domingo, 03 Mayo 2020 16:55 Escrito por BENHUR SÁNCHEZ SUÁREZ
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Proverbos del alucinado

De tarde en tarde vuelven los profetas. Se turnan en las horas del ocaso y se reparten poblaciones y confines. Cuando ya reposa el aire, comienzan a predicar y a llenar el mundo de presagios.

A mi esquina del barrio llegó el profeta vestido de costales, barba larga y olor indefinible. Encendió los rumores, la envidia que corroe, y el deseo de venganza. Detrás de su cayado, una rama de árbol sin pulir, habló de la inmortalidad como de algo de lo que se podía prescindir a cambio de la vida eterna.

Como era natural, miraba al cielo con dulzura.

Lo llamaron Poeta de Sodoma.

Y leyeron su libro de Proverbos.

Entonces el sastre de mirada perdida acotó que de lejos, muy lejos, antes, muy antes, vinieron como él los blasfemos y lo santos, las pestes y el progreso. Muchos lo miraron incrédulos pero el profeta permaneció impasible como si no supiera del dolor de esos seres que lo admiraban por su porte y sus historias y mucho menos aspirara a sacarlos de su encierro.

Luego habló de futuros hermosos, también de tragedias e injusticias, predijo el rumbo de los ríos y cómo cambiarían los mares y sus límites. Enumeró qué ciudades serían polvo y a cuáles se las llevaría el agua a profundidades hasta hoy desconocidas.

De la hambruna no dijo nada, tal vez se horrorizó de sólo imaginarla sobre el estómago inflado de los niños y la esquelética contextura de los viejos.

También proclamó que sólo los mansos de espíritu alcanzarían la otra orilla. Y explicó que el subsuelo estaba lleno de rebeldes y bandidos que un día brotarían como la peste y arrasarían con todo lo viviente y lo vivido.

Eso dijo cuando ya el agua alcanzaba la altura de su cuello y ya nadie podía rescatarlo. La tormenta era implacable sobre el mundo. Pero el zapatero, más sabio que los otros, les recordó que por ser profeta no eran tan inmune, como lo creían, y no lograría sobrepasar al doloroso tránsito del ahogo, mucho menos el definitivo beso de la muerte.

Y ahí se acabaron los presagios y surgió de la indiferencia una generación de incrédulos, irreverentes y suicidas, que la humanidad no recordará porque no encajan, como dijo Serafín, el sastre, en lo que Ñita Beltrán usaba para dar por terminado sus relatos: …”y vivieron muy felices por los siglos de los siglos.”

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