Domingo, 12 Abril 2020 01:30 Escrito por DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ
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Una pequeña crónica de cuarentena (1)

                

En el día cuarenta y uno de la cuarentena el mundo parece reducido a las paredes con color rancio. Conozco que cada recoveco de la casa, cada pestaña de los muros, sus ojos desinhibidos que giran en la nada mientras dormito la pereza que da el permanecer entre la infalibilidad y el favor que nos hace el destino. Pocas veces me detengo en el espejo, me conozco. Conozco a la perfección cada arruga de su rostro plano, cada cabello blanquecino del tiempo enmohecido, cada grito de su boca rectangular cuando traga en despropósito mi cara. Es huraño y ya replica con mal genio, como si mis ausencias pudieran durar la eternidad de los minutos.

Una llamada interrumpe la irascible constancia del agua detenida en el grifo, digo Perdón, no estoy disponible. ¿De dónde vendrá el tiempo? ¿Pasa infalible como la parvada de pájaros que se aventuran a cruzar los meridianos? Esta mañana tenía un día menos mientras el presidente habla de calma, auxilios, sordidez, y embudos por los que tendríamos que filtrar el hambre. Aún no conozco el ayuno, empieza hoy, según la tradición: “no solo de pan vive el hombre; de toda palabra que sale de la boca del señor.” Pero el señor es terco, un tesón apabullante domina el empedrado camino de ir por un sitio sin destino. La cocina puede ser distante si lastima el olfato. O las manos quedan frías después de lavar un plato, de secar un Vaso, de desprender un ala de cucaracha como escarmiento.

Voy a dar un paseo por los libros, por los acontecimientos que congelan la fama, por Guy de Maupassan. Leí “Bola de cebo” en mi infancia superior, cuando mi madre vigilaba mis lecturas. ¿Qué vería en este cuento que impidió cualquier interrupción? He vuelto sobre “bola de Cebo” tantas veces… Ahora, “El loco”, me hace volver tantas veces… Pienso en la mujer muerta, en el lenguaje descontrolado del protagonista; pienso en mi primo loco que contaba cómo  lo perseguía la Duenda que buscaba llevárselo a cuevas remotas. Y por qué no te vas, le dije un día Cómo se le ocurre me respondió y se marchó de mi  lado. Desde entonces evita conversar conmigo, se aleja cuando me le acerco, ni  siquiera se acerca para recibir alguna generosidad de  mi parte. Los locos son conscientes cuando no creemos sus historias.

Bueno, falta conocer los recovecos de la casa, quitar el goteo de algún grifo, observar por la ventana la anarquía solitaria de la vereda vacía, imponderable de una sociedad confinada sin la misericordia del Dios de todos, en el que pensamos que nos habla. Algo quiere decir, papa Francisco no lo entiende, y eso que habla todos los idiomas, o por lo menos tiene traductores de todos los países. Vendrá la vigilia de pascua, día cuarenta y dos, para amanecer con el lucero matinal en el día cuarenta y tres, y seguirá de largo… El tiempo siempre sigue de largo. Mientras un bicho invisible nos mantiene confinados. Lo mejor es hacer corta la noche con el gordo libro de los cuentos de Maupassan, y esperar que el día pase a ver si sobrevivimos.

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