Miércoles, 01 Abril 2020 17:07 Escrito por BENHUR SANCHEZ SUÁREZ
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Nuestra pobreza
 
Columna publicada en el periódica Nuevo Día de Ibagué
 
Seguiremos hablando de lo mismo. Porque es un tragedia universal. Porque hoy nadie puede ser indiferente al espectáculo de un ser invisible que ha puesto a tambalear nuestra salud, nuestra economía personal, local, nacional e internacional. Y nos está amenazando con la miseria y el hambre como un castigo colectivo. Más letal que la peste de las balas, que ha ofrendado tantas víctimas y tanta pobreza en el altar de la patria. Esa que nos ha atormentado desde que tenemos memoria.
 
Como si viviéramos en eterna pandemia, unas veces biológica, otras de banderas inútiles, las más por mesías que no sabemos si salen de infierno o son enviados por el cielo.
 
Nunca habíamos estado tan cerca del peligro. Me aterra eso. Pero, también, la pandemia que vivimos ha desnudado nuestras falencias como personas y como Estado. Ha demostrado que el mundo tiene razón cuando dicen que somos un país de ignorantes y bandidos. Que estamos gobernados por una clase mezquina y asesina, sin el menor espíritu humanitario.
 
Nos ha amenazado con morir dramáticamente al lado de la muerte sistemática, mantenida y ordenada por una clase política insensible y egoísta, con dos siglos de deshonroso protagonismo.
 
Ha puesto en evidencia nuestro atraso tecnológico. También ha visibilizado nuestro precario sistema hospitalario y un sistema de salud discriminatorio y excluyente. Y nuestra vergonzosa estratificación social: pocos ricos, los demás pobres.
 
Nunca estuvimos preparados para una pandemia, inmortales en medio de nuestra ignorancia. Irresponsables, hacemos baile y vagamos por las calles de nuestras ciudades cuando deberíamos estar recogidos para no contagiarnos y, si es el caso, no contagiar a nadie.
 
Cada cual reacciona de acuerdo a su formación y a sus principios. La desobediencia de las normas y los protocolos establecidos, que tratan de evitar el contagio y sea mínima la población afectada, no solo es un delito contra la humanidad sino que hace evidente nuestra ignorancia, nuestra arrogancia y nuestra irresponsabilidad, surgidas de nuestra pobreza intelectual y moral.
 
Yo, en mi refugio, con la atención amorosa de Alba, procuro que la claustrofobia sólo sea un acontecimiento de novela. Cumplimos con rigurosidad lo establecido por las autoridades, que nos ilusionan con cifras mentirosas, y recorremos el apartamento en una caminata interminable para mantener nuestro cuerpo activo. Por fortuna reímos con frecuencia.
 
Mi ventanal me recibe cada vez como si me mostrara un paisaje nuevo.
 
Realmente el confinamiento no me preocupa. Tengo tres mil quinientas naves para volar por este mundo y otros tantos, exóticos y emocionantes. Las tengo parqueadas en mi biblioteca.
Lo mismo les aconsejo a mi amigos.
 
Tal vez nos veamos esta tarde en Berlín, Ámsterdam, Madrid, Buenos Aires, Bogotá, Comala o Laboyos. Hablaremos con personajes increíbles. Y por mucho, muchísimo rato, olvidaremos que nuestra vida está en peligro.
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