Miércoles, 01 Abril 2020 13:00 Escrito por LIBARDO SÁNCHEZ GÓMEZ
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La fragilidad de la clase media  

Ha medida que transcurren los días y se prolonga el aislamiento obligatorio, la condición de vulnerabilidad crece en la población, muchos que de alguna manera podían aguantar unos días van perdiendo esa capacidad porque los recursos disponibles se van agotando; es la situación de la denominada clase media, en la que figuran profesionales independientes, pequeños y medianos empresarios del agro, de la industria y prestadores de servicios de diferente tipo, con el agravante de que con sus apreturas se afecta la familia y muchos otros que se relacionan como empleados o proveedores; están arrimándose a la escasez.

Una revisión de la información que suministra la cámara de comercio de Neiva, que engloba al Huila, precisa que al finalizar el 2019, entre renovadas y constituidas, sociedades, personas naturales y entidades sin ánimo de lucro, se encuentran registradas 39.342 empresas, de las cuales 30.731 corresponden a personas naturales que concentran su actividad en especial en la manufactura, comercio y servicios, es decir negocios de fabricación, comercialización o apoyo de: alimentos, confecciones, artesanías, metalmecánica, muebles, marquetería, imprentas, publicidad, calzado, electrodomésticos, telefonía, construcción, cuidado personal, procesados, recreación, transporte; asesoría legal contable, psicológica, marketing, ingeniería, entre muchos otros. La generalidad de esta población, que es mucho mayor que la registrada, no recibe ninguno de los beneficios de los programas asistencialistas que ofrece el gobierno, por el contrario, se trata de un conglomerado que vive “abriendo un hueco para tapar otro”, dependen del crédito bancario o del gota a gota para operar y la sociedad funciona en buena medida gracias a su existencia.

Si este universo de trabajo se desmorona, como consecuencia de la cuarentena que vivimos, las consecuencias sociales terminarán siendo catastróficas, ni siquiera el sector financiero y los grandes negocios consentidos por el gobierno podrán salvarse, pues un segmento importante de sus clientes se encuentran allí; otros están en el campo, sector productivo en el Huila con más de 100.000 agricultores que siembran frijol, maíz, hortalizas, arroz, tomate, frutales, crían ganado, cerdos, aves y peces, un universo que a pesar del abandono del Estado y de acuerdos comerciales que les niega su propio mercado, se mantienen a costa de muchas privaciones produciendo la comida que necesitamos.

El temor al contagio ha provocado el aislamiento entre las naciones, ya comienzan a ponerse barricadas en los accesos de municipios y veredas para impedir el paso de forasteros que representan un riesgo de transmisión del virus; así nos preguntamos: ¿cómo llegará la mano de obra que los cultivos requieren especialmente para la recolección de las cosechas? Las autoridades tienen la responsabilidad de examinar a estos migrantes, para darle garantía a los finqueros de la sanidad de los operarios a contratar y proveer los medios para preservar esa inmunidad. Si esa producción no se recoge para abastecer los mercados, el fantasma del hambre aupara los mas bajos instintos de una sociedad desesperada. No es la hora de politiquear y pretender ventaja del dolor ajeno, es el momento de dar soluciones.

 

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