Martes, 31 Marzo 2020 17:06 Escrito por DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ
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Una pequeña crónica de cuarentena

 

Llevamos ya dos semanas en cuarentena. Parece imposible que pueda continuar encerrado en mi casa con mi mujer y mi hija menor, que parecen inalterables en estos días sucedáneos, con sus noches apacibles, a no ser un grillo que se aventura con su cantinela imparable desde un rincón apócrifo o el zancudo impertinente que viene a voces a defecar sus secretos. En los comienzos de este tiempo un vecino tose imparable, una tos seca, y se queja de dolor en la espalda, vinieron los paramédicos y se lo llevaron para traerlo al día siguiente; con temor fui a preguntarle cómo estaba y le llevé un jugo de naranja con miel de abejas y cola granulada. Me dijo que le tomaron la molesta prueba del Covid 19 y que tenía que esperar.

Es un tiempo de rutina, pero además excelente para un hombre con ínfulas de escritor: ¿qué voy a leer? (…) bueno, un tiempo para escribir; hay espacio para aplicar mis complejos culinarios, volver sobre los desayunos planeados, sin el afán de las labores cuando basta un poco de fruta, granola y yogourt; podemos hacer huevos pericos, arepitas de maíz trillado con queso, café o chocolate; después, la pantalla que habla con letras en desorden, como para tomar una por una y meterlas en una alcancía. Pretendo una serie de cuentos esbozados en la libreta de notas de mi celular. Después del almuerzo, a veces de mi inventiva, leo o releo: he vuelto a J.P Jacobsen, Niels Lyhne, novela maravillosa, equiparable al Quijote. Y más tarde, la película del día, por ahora del Western, como para revivir los tiempos en que  Jasmer Medina nos metía en su casa para robar pantalla del cinema de Alfredo Gómez.

Con el pico y cédula pude salir el lunes, hace ocho días, las calles solitarias, la gente distante, los vendedores con guantes y careta como para no ser identificados. Sus huellas extraviadas, sus rostros medio ocultos, solo unos ojos maliciosos y satisfechos que retratan al cliente con sorna de tú traes el mal a mi negocio. No volvieron las llamadas de las chicas del banco y en cierta manera las extraño, aparecen así pagues o no, en el primer caso para recordarte la fecha de vencimiento, en el segundo para verificar el día y hasta la hora de cuándo vas a hacer efectivo el pago.

Como en mi casa los hombres son escasos (soy el único), tengo oficios con derechos: mantener el carro limpio, revisar su estado, darle encendido con frecuencia, y el llevar los perros a por sus necesidades. Mi conjunto cuenta con un lugar para que tranquilos se acurruquen a dejar sus linderos. Es como si nos turnáramos porque a nadie encuentro durante el itinerario. Tal vez por eso tantas aves cantan juguetonas y hasta permiten mi cercanía y que les hable, a lo que responden con su canto característico. Una pequeña serpiente hace que me detenga de improviso. Se va culebreando sobre las hojas secas mostrando el brillo de sus finas escamas que hace platear bajo los rayos del sol que se filtran por entre las hojas del pequeño bosque. Tantas cosas han vuelto, me digo. Cómo les estorbamos. Hoy, tras darme las gracias por otro jugo de naranja con miel de abejas y cola granulada, el vecino me dice que dio negativo para coronavirus.  

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