Miércoles, 25 Marzo 2020 19:16 Escrito por DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ
Valora este artículo
(0 votos)

Tiempo de hambruna

Recuerdo a mi padre cuando se sentaba en frente de la casa, y oteando el horizonte, como buscando razón a sus dudas en las figuras caprichosas de los arreboles, nos decía que muy pronto se iba a presentar una hambruna. No sé por qué temía tanto a ese hecho, si en su finca se encontraba de todo; lo único que había que comprar era la sal, el jabón, el petróleo para la lámpara y las velas para alumbrar a la virgen. Tantas veces lo dijo, tal vez para que tomáramos amor al trabajo, para que nunca dejáramos de sembrar, en un tiempo en que nuestro mundo iba hasta el pueblo y nuestras relaciones no rebasaban más allá del cura, del inspector de policía y de los vecinos con quienes se juntaba a tomar cerveza los domingos al ritmo de las Hermanitas Calle y el Caballero Gaucho.

Los tiempos no eran fáciles: se hablaba mal del presidente, godo o liberal; acusaban al alcalde de apropiarse de los dineros públicos, los funcionarios eran designados por compadrazgos. Que difícil era pagar los impuestos, comprar zapatos para los muchachos, levantar una casa con los cuartos necesarios para la familia, conseguir los útiles para que los güipas fueran a la escuela. Cuántos sacrificios tuvo que hacer con el fin de atender las exigencias de mi madre de enviarnos al colegio, porque ella quería que fuéramos otros, que trabajáramos en oficinas, que nos llamaran “dotores”. Pese a tanto, jamás faltó el plato de comida en la mesa. Los años se llevaron a mi padre con las pesadillas nocturnas por el temor a la hambruna que íbamos a pasar, o por la guerra a punto de estallar porque la había visto de cerca desde su remota infancia, y su padre había participado en la Guerra de los mil días.

Algo tan lejano, existente tan solo en los  miedos de mi padre, hoy parece tan próximo y cercano… El Covid 19, más conocido como Coronavirus, nos ha confinado, guerra y hambre parecen próximos, se ha paralizado la producción, la economía, y desde hace mucho tiempo la vocación de sembrar desapareció de nuestros campos. Hicieron que los campesinos odiaran el campo, la actividad agrícola es de los oficios menos rentables, importamos la mayoría de alimentos. En esas condiciones no hay recurso oficial que aguante, en pocos días se habrán agotado, muchas de  las personas que se creían autosuficientes necesitarán ayuda. Muchos tendrán dinero pero de nada les sirve porque no hay qué comprar. Es una situación por lo demás seria la que debemos afrontar, sin precedentes en nuestra historia: a los políticos, a los científicos les toca improvisar sobre la marcha.

Habrá muchas equivocaciones, decisiones desacertadas, sobre todo al comienzo contará el miedo a la pérdida de popularidad, pero a medida que avancemos tocará sincerarse. Hoy, el Primer Ministro italiano daba declaraciones de impotencia invocando a Dios como último recurso. El virus, creado o no, nos tiene arrinconados. Nuestra fragilidad es evidente y el ansia de enriquecimiento neoliberal nos pone frente al sacrificio cuando todo lo regula el mercado y todo se mide por  la rentabilidad. La cuota será más alta en países como el nuestro donde se abandonó de plano la medicina preventiva para convertirla en una mercancía.

Visto 735 veces

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.