Jueves, 05 Marzo 2020 11:49 Escrito por DIOGENES DIAZ CARABALI
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Coronavirus y morbo noticioso

   

Somos una mente cerrada, la ignorancia nos consume, discriminamos lo que sea diferente a nuestras percepciones, por eso, en un momento dado, pensamos que China se merecía una plaga. Como los chinos tienen una concepción del mundo diferente, pensamos que no deberían existir, y que Dios los castiga “por comunistas y ateos”. Para nosotros la guerra de liberación encabezada por Mao, El Gran Timonel, fue una aberración, cuando acabó con la dominación británica, primero, y el colonialismo japonés, segundo; en una guerra desde 1927 hasta 1949 con el triunfo y proclamación de la República Popular China.

China es más que artes marciales y películas donde los luchadores vuelas por los aires. Tiene una tradición milenaria, una filosofía de la convivencia natural, una poesía bellísima, aún resuena en el interior de mi cerebro los versos del gran poeta Li Po, tan frescos, tan universales: “Mide mil varas mi cabello cano./ Y mis tristezas miden otro tanto./ Me miro en el espejo cristalino,/ y no me explico por qué está escarchado.” O las novelas breves que me impactaron tan profundamente desde cuando tuve contacto con ellas: Diario de un loco, por ejemplo, del gran Lu Hsun; o el realismo alucinante de Mo Yan, el premio Nobel chino de 2012.

China, de una sociedad pastoril y agrícola, logra ponerse a la cabeza de la economía mundial para competirle al capitalismo de occidente, de allí que se especule que ha sido atacada por un virus creado en laboratorio, tan devastador que ha puesto en máxima alerta, con medidas a su estilo, a toda su población. Se cae de su peso que sea un ataque químico cuando el virus mutado se manifiesta en diferentes partes del mundo, y amenaza en convertirse en pandemia mundial, a no ser el masoquismo de sus creadores. Hoy todos los países están en máxima alerta, los recursos parecen pírricos cuando de combatir una enfermedad de tal calibre, convertida en morbo noticioso, se trata.

Sin duda la raza humana sobrevivirá. A pesar de los sacrificios, de los muertos que tocará en suerte. Tal vez seamos parte de la cuota cobrada por nuestras irresponsabilidades, una selección natural para controlar el desorden contaminante con que llenamos el planeta, pagaremos el desborde suntuario, el afán de riqueza inútil, la ambición desbordada, el sin número de gentes sin posibilidades que en su silencio claman por justicia, que se apuestan en el borde de las calles a denunciar con su mano estirada por una moneda su inferioridad, su aislamiento, su destino marginal; mientras otros sustentados en el abuso despilfarran recursos, roban posibilidades, siegan sus ojos para evitar ver la desgracia que carcome a la inmensa mayoría de la población del planeta.

No se trata de un castigo divino: es la reacción natural a un orden, que desde la ética, desde la moral, ha sido asaltado. Confucio ha de revolcarse en su tumba milenaria, porque su legado, su prédica de la vida, significó un desperdicio.

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