Miércoles, 26 Febrero 2020 07:46 Escrito por DIÓGENES DÍAZ CARABALÍ
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Luis Alfredo Gómez Perdomo

                                  

La muerte, y la vida, siempre nos sorprenden. Aun sabiendo que comenzamos con un hálito, en una acción casi inconsciente, en un acto de total entrega casi involuntario; y termina en una huida de Ipso Facto, de manera esporádica, en el instante en que nosotros ni nuestros allegados lo queremos: por la vida y la muerte todos pasamos; pasan los queridos y los odiados, los cercanos y los del frente, los de al lado y los lejanos con sus cualidades y defectos. Prueba por la que acaba de pasar Luis Alfredo Gómez Perdomo, a pocos días de cumplir años, a poco de celebrar, con el pesar que corresponde, un nuevo aniversario de su natalicio. Tuve la fortuna de contar con su amistad.

Luis Alfredo Gómez llegó a La Plata por allá en los 70s con su padre y su familia para instalar en el patio de secar café de Jesús Perdomo el teatro Roxi, donde proyectaban películas de Santo el enmascarado de plata, Blue Demon, Viruta y Capulina, todo un acontecimiento para la pequeña ciudad donde la pasividad de sus habitantes hacía que todo llegara tarde. El arribo del cine de por sí nos hizo aterrizar en la modernidad. Antes sólo teníamos acceso al televisor en blanco y negro del padre Obvies, quien nos permitir ver la pantalla El túnel del tiempo o El mundo al vuelo.

Así se instaló entre nosotros Luis Alfredo Gómez, un garzoneño que le dio por ser liberal. Después  lo vimos como empresario artístico, líder del transporte; por su intervención arribó a la ciudad la empresa Coomotor y Taxis Verdes con servicio directo a Bogotá. Fue uno de los fundadores de empresas como La Gaitana, Cootrasplateña; tuvo una actitud enfermiza por la construcción y mejoramiento de carreteras, actividad de liderazgo conque a todos nos involucró. Era el más tesonero, no sentía pánico si tenía que dirigirse a una gran audiencia con su discurso gaitanero, manejaba el micrófono en la radio, tenía porte de presentador de televisión, capaz de perifonear durante un día entero, involucraba al más escéptico, animaba al más incrédulo: algo de locura llevaba por dentro.

Fue generoso a más no poder. Prestaba igual atención al humilde que al poderoso, no atendía difamaciones, estaba para conseguir propósitos. Puedo afirmar con llaneza que nunca sufrió de sectarismo, poco le importaba la militancia particular si podía coincidir en buenos propósitos. Era al compadre del indígena, del humilde, del campesino; también de las personalidades, de quienes ostentaban el poder, de quienes tuvieran distinción económica. Autentico, amaba sus orígenes, sus “calabazos” (llamaba a los grupos autóctonos), irrumpía con sumo orgullo en las oficinas del alto gobierno con sus achiras, sus bizcochuelos, su pandequeso. Su casa era un sitio abierto para amigos y no tanto, una posadera de infinidad de personas que buscaban su consejo, su saludo. Lo vi bailando de alegría sobre los primeros cien metros de pavimento de la carretera “El libertador”, que pese a los retrasos la veía como la reivindicación de “la media Colombia olvidada”. ¡Paz en su tumba, amigo!

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