Miércoles, 29 Enero 2020 20:45 Escrito por DIOGENES DÍAZ CARABALI
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Si educáramos


Diógenes Díaz Carabalí


Si las administraciones locales y regionales centraran sus políticas en la educación, cuántos problemas nos ahorraríamos; lo primero que ganaría sería la tranquilidad del gobernante y su posibilidad de transitar sobrio por su territorio. Sabría la gente que para todos no alcanza la burocracia oficial, siempre y cuando todos tuvieran las mismas posibilidades de acceder a los cargos públicos. De allí se desprenderían cientos de beneficios más que harían más vivibles los entornos y darían mayor armonía a las relaciones entre los ciudadanos.


Los administradores se centran mucho en el concreto, pero vaya que la dignidad de las poblaciones se basa en satisfacciones pequeñas: la posibilidad de rebasar una calle sin riesgo de ser atropellado por un conductor imprudente; la rampla para que un minusválido pueda acceder con tranquilidad a edificios y andenes; el hecho de que los conductores respeten las señales de tránsito; la posibilidad que se puedan conservar los monumentos y las edificaciones públicas; el que se conserve en buen estado los lugares de esparcimiento, los parques, las zonas verdes, los separadores de calles y avenidas; el ahorro del agua, que el líquido tratado no sea utilizado en el lavado de vehículos, ni calles, ni andenes; el cuidado con arrojar basuras en los sumideros, cuidar los drenajes naturales y artificiales; el seleccionar las basuras con destino a la reutilización, la fabricación de fertilizantes, a la industria manufacturera y artesanal.


Todos los propósitos anteriormente señalados se logran con la educación, que debe ser continua, iniciar en el hogar y culminar allí, con los instrumentos que da la entidad pública desde la escuela, los colegios, las universidades, los medios de comunicación, con el comportamiento ejemplarizante de quienes forman parte del gobierno. Se avanzaría mucho, se cuidaría mucho el medio ambiente, se formaría a las nuevas generaciones en el pensamiento de que estamos aquí para dejar en herencia un mundo amable para la vida, para el disfrute individual y colectivo. Eso condensaría un plan de desarrollo, que se podría plasmar en un par de hojas; no esos mamotretos que se elaboran con mucho esfuerzo intelectual, con el pago a “sabios de la planeación”, comprometiendo ingentes recursos económicos que nadie lee ni cumple. Solo bastaría despertar en la población la conciencia de su responsabilidad al habitar éste planeta que nos corresponde por rato, que pertenece al resto, a nuestra descendencia quienes mirarían con alegría el aporte responsable que hicimos de “la casa común”.


Es tiempo que desde la política se asuma con responsabilidad el papel de gobernar. Los actuales mandatarios pueden pasar como uno más, o dejar su impronta en obras sencillas, pero que marcan otra perspectiva del servicio, en un esfuerzo sobrehumano por autoeducarse, por pensar que este mundo lo cuidamos porque no es de nuestra propiedad: nos lo han dado para afincar nuestras civilizaciones, como herencia, como propiedad común, y así debemos tratarlo.

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