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10 Marzo

Gustavo Fernando Facundo o las ventanas abiertas al vacío.

Escrito por  HUGO MAURICIO FERNÁNDEZ*

 

Luego de 36 años de la prematura muerte del artista Gustavo Fernando Facundo, en Pitalito parece no haber interés por conservar y difundir su deslumbrante obra pictórica, tan vigente como la amnesia y el silencio de quienes se jactan de celebrar los 200 años de una población aún adolescente con lagunas de memoria e identidad.

 

Pitalito es una tierra pródiga en artistas visuales. Muchos de ellos son reconocidos en el ámbito nacional e incluso fuera del país. Sin embargo, el caso de Gustavo Fernando Facundo es representativo, pues parece que su legado no quisiera ser recordado porque culminó con                                                            la decisión, equívoca o no, de su temprana y trágica muerte. Un aspecto que denota la hipocresía e inopia de quienes asumen el liderazgo cultural en el Valle de Laboyos (seis de sus estupendas pinturas se encuentran arrumadas en el Centro Cultural Héctor Polanía Sánchez). Pero esta no es la fábula  de los cultores opitas, es la reseña del trabajo artístico de uno de los más grandes pintores con raíces en el sur. Un hombre y un legado desconocido para la mayoría de los huilenses.

El olor a trementina

Tengo la fortuna de amar la calle y caminar. Caminar sin destino, al azar, en la pura incertidumbre donde se encuentra sin buscar. Y en esos recorridos en los que deliberadamente me pierdo, a veces descubro historias que vale la pena compartir. Así encontré la señal que me dio la pista del pintor mítico de Pitalito. Sobre una puerta de madera en la carrera 3#3-29 frente al parque del colegio La Presentación una placa reza: “EN ESTA CASA VIVIÓ Y MURIÓ EL POETA GUSTAVO FERNANDO FACUNDO SILVA 1956-1952 HOMENAJE DE LA CASA DE POESÍA SILVA ENERO DE 1993. Enseguida llamé a la puerta. Un anciano impecable y taciturno dudó unos segundos antes de invitarme a seguir. Se trataba de don Gustavo, el padre del artista quien justo ese día estaba de cumpleaños, como lo supe al final de la visita. Quizá esa circunstancia fue favorable ya que estuvimos conversando por más de dos horas en esa estancia fresca y luminosa donde todavía están guardadas la mayoría de las pinturas de Facundo, sus poemas, fotografías y objetos que tuve la oportunidad de ver desde muy cerca, además de escuchar algunas infidencias y anécdotas significativas de la vida del pintor.

Desde la infancia más remota el olor a trementina, los colores y los pinceles, acompañaron a Gustavo Fernando. De su madre Irene Silva, pintora aficionada, heredó el gusto por el arte y la cultura. Su primer dibujo memorable lo hizo cuando apenas tenía tres años de edad; los trazos evocaban el evento fúnebre al que acaba de asistir con su familia en la ciudad de Bogotá: el sepelio del expresidente Alfonso López Pumarejo en el año 1959. Desde entonces, la familia tuvo la certeza del destino de su hijo. Su infancia precoz y feliz la gozó en la finca Villa Irene en Pitalito. La entereza de la vida campestre alimentó su espíritu observador. En el colegio sobresalió como uno de los mejores estudiantes ganándose premios en los concursos de pintura y escritura. Luego de recibir su grado de bachiller en el Liceo Cervantes en Bogotá, en el año 1974, eligió estudiar arquitectura en la Pontificia Universidad Javeriana. Una decisión que estuvo espoleada por su padre Gustavo y la visión romántica de ser un arquitecto bohemio como su primo Clímaco Sánchez, con el que compartió varios proyectos al final de su vida en Neiva.

El artista y su tiempo

La formación académica en arquitectura fue determinante en la obra de Gustavo Fernando. Durante los años de vida universitaria su trabajo artístico comienza una búsqueda seria y auténtica. A los dieciocho años inicia su primera etapa pictórica que descubre y juega con las posibilidades imaginativas de la abstracción geométrica. Gana una mención de honor en el II Salón Javeriano de Artes Plásticas. Participa con sus pinturas en salones de arte en Bogotá y Medellín. La Biblioteca Luis Ángel Arango realiza una muestra de nuevos maestros de la plástica colombiana en la cual es seleccionado en 1976. Inicia su segunda etapa productiva titulada Ventanas. Una serie de cuadros extraordinarios que exploran las posibilidades del color con degradaciones y contraposiciones muy aproximadas al arte óptico. La combinación de su mirada de arquitecto y su inclinación a lo geométrico generan en sus ventanas efectos sensoriales que solo son posibles cuando se encuentran con la mirada del espectador.

“Es indudable que Gustavo Fernando Facundo fue quien trajo a Pitalito el arte moderno, cuando es posible que no hubiera llegado todavía a Neiva”, afirma el artista laboyano Javier Chinchilla quien tiene el orgullo de exhibir en su taller a orillas del río Guarapas una tela de Facundo. Se trata de Interior azul, un acrílico de 1980 de considerables dimensiones. El cuadro contiene un ejercicio intencional de percepción: el reflejo de la ventana se ubica en un espacio que se encuentra detrás de la superficie, es decir que en el primer plano no hay pintura, la pintura está aplicada un plano más allá y entre los dos planos, el del objeto no pintado y el de su reflejo, queda un espacio libre y enigmático. Una pintura misteriosa que sugiere un estado de iluminación en la certeza de sus trazos, la fuerza de sus líneas y lo sugestivo de sus composiciones. Un trazo rebelde que culmina con su etapa final de retratos y cuerpos de mujeres, donde los lienzos impecables destilan melancolía.

Ventana abierta

En 1978 Gustavo Fernando escribió una “Carta abierta a todo aquel que quiera leerla”. El texto está publicado en una bella edición que la Editorial Mundo publicó en el año 2006 con imágenes de las pinturas del artista y textos de algunos reconocidos pintores, periodistas y curadores nacionales. La carta reflexiona sobre el arte, la identidad, las preocupaciones humanas y las angustias espirituales del hombre moderno. Su voz es la de un hombre que pese a observar con pesimismo la realidad tiene esperanza en las posibilidades de construcción a través de los lenguajes del arte. Sin embargo, su gran talento humano y artístico, o quizá por esa misma sensibilidad tan delicada, no pudo resistir la depresión que lo acosó hasta llevarlo al borde de su propia ventana.

A sus eternos 25 años, Gustavo Fernando logró dejar un legado sólido de más de 300 cuadros y varias obras arquitectónicas como el Templete para el Cementerio de Pitalito, donde el artista duerme su juventud inagotable. Levantó la Casa Cural de Timaná, un centro comercial y una cabaña en la Laguna Guaitipán. El cuatro de marzo de 1982 Gustavo Fernando Facundo Silva saltó por una ventana del piso sexto del edificio de la Caja Agraria en Neiva. En su caballete dejó su última pintura: una ventana abierta al vacío. Una ventana que sigue abierta y vacía como los homenajes y eventos culturales que brillan por su ausencia en honor de este gran artista laboyano en el marco de la celebración de los 200 años de Pitalito.

*Redacción 180 Grados Pitalito

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